Guardia de cine: reseña a «Battleship» (2012)

Título original: «Battleship». 2012. 131 min. EEUU. Dirección: Peter Berg. Guión: Erich Hoeber, Jon Hoeber. Reparto: Taylor Kitsch, Liam Neeson, Alexander Skarsgård, Brooklyn Decker, Josh Pence, Rihanna, Tadanobu Asano, Hamish Linklater, Peter MacNicol, John Tui, Rami Malek, Jesse Plemons, Jerry Ferrara

Película a la que solo te puedes asomar con positivismo, ganas de chanza y palomitas

Yo soy de esos que son fáciles de contentar: pelis de malos, monstruos o alienígenas no muy mal encarados, pero sí con muy malas intenciones, que la lían en plan inglés en Magaluf y hay que hacerles frente con lo que sea; u otras cosas con un estilo particular, pues no deja de ser algo divertido. Simple y seguro. Por eso, a fecha de hoy, como anécdota, sigo tronchándome de la risa pues yo soy aquel, sin pose raphaeliana, quien votó por «Golpe en la pequeña China» como película para San Valentín en un evento organizado por la biblioteca pública de mi municipio hace unos pocos años (en el listado online apareció marcada como elegida por los usuarios, desapareció de la estantería, pero no se atrevieron a colocar la caja del Dvd en el expositor, rodeado de corazoncitos y Cupidos). 

Y qué mejor que «Battleship» para pasar dos horas entretenidas solo, en familia o con la pareja: una de esas películas con invasión extraterrestre recibida a cañonazos de buques de guerra (¿insuperable?); otra más nacida del seno de un juego muy popular, pero eso es lo de menos.

El argumento, como la figura del héroe, Alex Hopper, está más pateado que el suelo de una sala de espera en Hacienda. El típico idiota balaperdida que colma el vaso de la paciencia de todos, sobre todo de su hermano, y termina con sus neuronas aún por estrenar en la Marina de guerra de los EEUU. Asombroso es su ascenso pues entre una escena y otra pasa de ser un pringado a todo un teniente de navío (¡ejem!), con una relación seria con el pibón de la hija del almirante (la misma a la que trata de encandilar cuando se mete en el problema que le lleva a vestir de uniforme y con la que se quiere casar, aunque no se atreve a decirlo a su futurible suegro), pero con un comportamiento muy errático que le llevará a pelearse con un oficial superior extranjero el primer día de los ejercicios navales conjuntos del Pacífico, siendo advertido de que, cuando los mismos finalicen, recibirá un fulgurante licenciamiento sin honor.

Problemas nimios como el verse de nuevo en la cuneta y el que quede enmarañado su futuro sentimental, pasan a un muy segundo plano cuando unos extraterrestres belicosos llegan a la Tierra y se posan en territorio americano, aunque sea Hawái (¿qué harán estos yanquis que todas las leches van a parar a ellos?), como un guiño enrevesado al ataque a Pearl Harbor de 7 de diciembre de 1941, pues no deja de ser curioso que los americanos y los japoneses luchan aquí juntos. En tan verde lugar se construyó una estación de comunicaciones espacial que mandó una señal al espacio profundo, algo que aparece en los primeros instantes de la cinta, siendo que el personajillo sobrante de toda película de este género suelta la frase hispanofóbica de turno (repetida una vez más y sumando, además, otra variante), de que si los aliens contestan a la llamada, sucederá como Colón con los indios (también como los conquistadores con los incas), lo cual es otro clavo para nosotros y una demostración más de la ignorancia generalizada sobre el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo (entiendo que esto lo suelte algún americano con rasgos y sangre india, pero ya me repatea que siempre sea, en la calle o en el cine, el típico blanco anglosajón cuyos antepasados (como los de otros, españoles incluidos), fueron a “matar el hambre” a costa de las tierras y las vidas de otros). Pero ya me estoy desviando, como siempre.

Sigamos.

La cosa se pone tensa pues los recién llegados fijan un campo de fuerza alrededor de Hawái para valerse de la estación y establecer contacto con su lugar de origen, al perder una nave y su equipo en la entrada, chocando con un satélite, con tan mala suerte para los humanos que solo tres buques de guerra quedan dentro del área y el resto de la flota internacional fuera.

De los tres barcos que ponen proa y cañones hacia los hostiles aliens, pronto quedará solo uno, de la poderosísima clase Arleigh Burke, y al mando, por rebote mortis causa, del teniente de navío Hopper, quien tendrá que aprender a serenarse, a ser menos arrogante y a pensar si quiere ver otro día y, con él, su tripulación; más aún a confiar en ese oficial japonés con el que se peleó, superviviente del segundo barco destruido.

Obviamente, lo que gusta de la cinta es ver a estos acorazados combatir ante enormes naves de guerra alienígenas, aunque sea tragándonos la propaganda poco disimulada y loas a la US Navy. Y de esto último hay que tragar de lo lindo, os lo aseguro. Lo mejor es que podremos ver al USS Missouri, al Big Mo, reactivándose de forma irregular y plantando cara a un imprevisto enemigo, momento en el que se homenajea a los veteranos de la Marina (no nos olvidemos del detalle a los veteranos que han resultado mutilados en acto de servicio), aunque nadie se va a creer, pues no es así, os lo puedo asegurar, que se maneje esa mole con tan raquítica tripulación, no digamos ya cargar las torretas y en tan poco tiempo.

Pero, ¿qué demonios? Hemos venido a pasarlo bien. Incluso podemos obviar ver a Rihanna portando un fusil de asalto que pesará casi una quinta parte de lo que ella registra en la báscula, como si de una pluma de gorrión se tratara, y recibir unos golpes que a cualquier le partiría la columna vertebral. Podemos y podemos; con esto y más. Por supuesto, es lo que es, no se engaña a nadie: malos muy malos, fuegos artificiales y un final que sale a pedir de boca.


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