Guardia de ensayo: reseña a «Cambiemos el mundo», de Greta Thunberg

LUMEN
(Penguin Random House Grupo Editorial SAU)
Barcelona.
Primera edición: mayo de 2019
Traducción: Aurora Echevarría
ISBN: 978-84-264-0730-6
72 páginas
Un compendio estéril de discursos autoplagiados, un panfleto izquierdista de bajo octanaje, con el que no se aporta nada a la solución del problema y  se vende a precio de oro. El de Greta Thunberg es un fenómeno sobredimensionado, una discordancia con la que queremos acallar la conciencia culpable

No albergaba muchas esperanzas pero sí curiosidad por leer este libro. Y que apareciera entre las novedades estivales de la Biblioteca pública tuvo que ser una especie de señal. Tenía curiosidad y ganas por dar con esas palabras demoledoras pronunciadas por una audaz adolescente sueca, capaces de remover conciencias, pero…¿Debajo de qué alfombra he de buscar? Yo no las he encontrado. Solo he extraído sombras que en nada perturban a lo ya proclamado por Jacques Cousteau, Carl Sagan, Harry Harrison, David Bowie y tantos otros científicos, analistas, autores… desde hace más de cincuenta años, alertando de nuestros irreparables excesos medioambientales

¿Qué nos dice Greta Thunberg en este libro recopilatorio de sus intervenciones en diversos foros a lo largo del mundo? Nada salvo una estéril retahíla de reiteraciones circulares, de “copia-pega” de los mismos párrafos, letra a letra, coma a coma, discurso tras discurso, sin que nos dé oportunidad de asomar la nariz por encima del fango de unas ideas que presenta como soluciones, pero que solo representan el resultado deseado: una reducción drástica de la emisión de gases de efecto invernadero y la equidad contaminante que permita a los países subdesarrollados servirse de su cuota y procurarse infraestructuras y alcanzar un nivel tecnológico y social equiparable al nuestro. Sería lo deseable, pero no estamos en Jauja, donde todos los sueños se cumplen con solo pronunciarlos en voz alta. 

La defenderéis alegando que solo es  una adolescente. Pero por eso mismo lo digo.

Greta Thunberg dedica todo su verbo a los dirigentes y políticos para, a renglón seguido, dar por sentado que ellos no van a hacer nada. Se pasea por Davos y las Naciones Unidas, se dirige a los prohombres de la sociedad del primer mundo con el ánimo de encontrar mayor eco en la polémica, pero sin aportar algo más que una fatua acusación. Es una especie Helen Lovejoy reencarnada en una adolescente sueca (“¿es que nadie piensa en los niños?”), que considera a los dirigentes (con razón) y a los adultos en general (sin razón) como una panda de inútiles, egoístas y apoltronados. Y a todo ello se contenta con alentar unas fútiles manifestaciones y huelgas estudiantiles, asumiendo erróneamente la pobre que los miembros de su generación luchan verdadera y ciegamente contra el cambio climático, sin ver que luego son incapaces de tirar el envoltorio del Chupahups a la papelera y no al suelo o de pasar una tarde de sábado sin meter el hocico en un probador de cualquier tienda del grupo Inditex (Greta, con todo el cariño: yo también tuve tu edad y, por aquel entonces, hacíamos huelga hasta para exigir una compensación por daño moral a favor del payaso del anuncio que no usa Micolor y se le destiñe la ropa).

Es ahí donde me pregunto por el valor real de sus declaraciones supuestamente incendiarias para crear ese seísmo del que todo el mundo habla, pues tienen menos sentimiento y emoción que la lectura del prospecto del Paracetamol. Carecen, en definitiva, de cimientos en cuanto a los aspectos críticos, aún secundarios, de tan engorroso problema como es el cambio climático y sus textos terminan siendo un panfleto izquierdista de bajo octanaje (“El verdadero poder pertenece al pueblo”, ¿reallyGeorge?) y un tanto puritano que conmina a la desobediencia civil (algo cuestionable proviniendo de alguien aquejado de una trastorno obsesivo convulsivo).

Aunque Greta Thunberg reconoce que nos enfrentamos al desafío más complejo de nuestra Historia, luego lo trivializa de tal forma, con tanta negligencia, que lo reduce a “blanco y negro” y punto pelota, con un disertación más propia de alguien que tiene la vida arreglada y/o que es muy inconsciente. Me gustaría ver a esta chica plantándose ante su vecino, un rubiales sueco de estos, que llamaremos Bjorn, justificándole una sola medida para que en el 2020 (ya mismo) los europeos reduzcamos más allá del 50% las emisiones contaminantes; que le anime a que no encienda la calefacción en invierno y que se interne en el bosque a por leña para calentarse y, de paso, capture la cena; a que aguante en plena noche polar 18, 20… las que sea, horas a oscuras; a que no se queje porque la fábrica donde trabaja ha echado el cierre y despedido a toda la plantilla, como otras cientos a lo largo del país por falta de suministro eléctrico, materia prima y pedidos; que le explique porqué no puede usar su vehículo privado para recoger a sus hijos del colegio o, ya puestos, llevarlos de madrugada a un centro hospitalario de Urgencias, o porqué no puede llenar el frigorífico de alimentos que se importan desde el sur de la frontera sueca, proponiéndole en cambio una sustanciosa dieta de líquenes (pues, que yo sepa, por tales latitudes no crece nada de la huerta murciana ni la leche de coco). Es decir, que Bjorn renuncie de la noche a la mañana a toda su calidad de vida y que lo haga dichoso y risueño en mitad de un “apagón” drástico a nivel mundial, de esos que nos dejen sin economía, sin trabajo y, por ser lo más lacerante, sin poder irnos de vacaciones.

Es muy fácil decir esto y aquello. Soñar con el mundo perfecto. Pero no lo es saber los pasos a dar. Ahí está el quid de la cuestión.

Tenía curiosidad y ganas pues soy alguien que lucha por reducir su huella medioambiental al mínimo desde hace más de veinticinco años. Soy alguien quien sabe que el mundo se va al garete por la desidia del poderoso y del vecino de la puerta de al lado. Soy alguien que aún siente, clavada a la espalda, la risilla burlona y bobalicona de quienes me (nos) considera(n) imbécil(es) por emplear una fracción de tiempo separando materia orgánica, papel, plástico y vidrio y no errar con el color del contenedor. Soy de esos raritos que se compran una prenda de ropa cada 2-3 años y cuando le hace perentoria falta (no hay nada que odie más que entrar en tiendas de textil). Soy de esos que nunca han viajado en avión y dejan el coche (un modelo fabricado a 20 kilómetros de distancia de donde resido) en casa y se va a todos sitios, si es posible, a patita, aunque sea a cambio de acumular en una mañana cinco kilómetros en la suela. Soy de los que juran en arameo por ser propietario de un teléfono móvil que hay que cargarle de energía como al ciego del Lazarillo de vino: un día sí y otro también, salvo quizá los fines de semana en los que solo gasto para consultar la hora. Soy incluso de los que cenan a diario fruta y dedican sus estómagos a la carne dos veces (incluso una vez) a la semana (sé que cuesta creer debido a la circunferencia que luzco, pero es así), y están en contra de las ganaderías industriales.

Soy incluso de aquellos idiotas que se han devanado los sesos presentando denuncias y propuestas medioambientales a distintas Administraciones públicas, recibiendo como seca respuesta un “estamos trabajando en ello” (se creerán que soy tonto).

Pero para nada soy un talibán ni un estúpido que afirma que los gallos violan a las gallinas. No impongo nada a nadie ni me creo en posesión de la única y correcta verdad.

Por todo ello quería saber qué tenía esta chica que decir, pero no dice absolutamente nada de nada (ya se me está pegando eso de las reiteraciones a lo Thunberg). Para mí esta chica no es más que la mascota de cierto sector del movimiento del activismo climático, de ese mismo en el que se han embozado los simples y vacuos anticapitalistas y antisistema. Una mascota bien alimentada en la sombra porque eso de que la marca Greta Thunberg es individual, libre, independiente, blablabla, no se lo cree ni ella por mucho que se introduzca una exhortación en tal sentido en el libro. Al igual que cualquier youtuberinfluencer y mamarracher de abolengo que se precie, Greta tendrá su propia empresa de marketing y patrocinio detrás y, para justificar tal aserto, me remito a los párrafos donde explica la génesis de su popularidad, que paso a sintetizar: ganó un concurso de artículos para el periódico Svenska Dagbladet, que solo se distribuye en el área metropolitana de Estocolmo, contactan con ella y por Internet algunos activistas de corta trayectoria y le da la venada de hacer pellas los viernes y plantarse delante del Parlamento sueco con una pancarta. Esta última hazaña la comparte por Instagram y, de ser una “Doña Nadie”, pasa a ser conocida mundialmente, hasta el punto de que, en cuestión de horas, un oscuro empresario de nombre Ingmar Rentzhog, autoproclamado misántropo ecologista (y sobre quien recaen todas las sospechas y acusaciones de haber orquestado un fraude a través de esta adolescente), saca tiempo de su apretada agenda y se planta en el lugar para hacerse la foto y “darle su apoyo”.

Tiene su cosa el asunto.

Comparto mi asombro con Iker Jiménez hacia lo inesperado e incontrolable del fenómeno “Viral”, pero hoy, leídos los discursos de Greta sin garbono encuentro pizca de esa ácida ironía e inteligencia mordaz que varios medios le atribuyen y así lo resaltan en la edición de Lumen (dudo que hayan superado el trance de leer el título). Quizá en persona y más allá de estos simplones manifiestos repetitivos, Greta pueda decirme algo, pero por esta vía tiene el mismo atractivo y fondo que un chusco de pan sin sal.

Y no quisiera cerrar esta reseña sin dedicar unos instantes a la propia edición de este librito, que venden a la friolera de 0,10 € la cara de diecinueve líneas (7,90 € cuesta la broma), con muchos párrafos que no llegan a superar el largo de una frase simple y con un tamaño de letra que lo leería de corrido hasta quien suspende sin solución el examen psicotécnico. Como poco, esta publicación es una estafa en toda regla, dando lo mismo que se haya impreso en papel con sello FSC pues habría sido más ecoresponsable que se hubiera editado únicamente en formato electrónico, ahorrándose también la tinta y toda la contaminación inherente a su distribución. A poco que lo hayan comprado las bibliotecas públicas y las hordas de iluminados y de por iluminar, alguien se ha forrado pero bien.

En resumidas cuentas, no sé qué tiene Greta Thunberg salvo el haber estado (probablemente) en el lugar correcto y en el momento adecuado, siendo que este libro es como un manual malo de autoayuda, con su consabida relación de obviedades y sin una sola solución práctica a la vista.

Y lo dejo aquí porque esta reseña corre el peligro de ser más larga de leer que este «Cambiemos el mundo».

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