Guardia de televisión: reseña de la miniserie «La chica del tambor» (2018)
Adaptación televisiva de notable alto de una de las mejores novelas jamás escritas por John le Carré, aunque los aspectos personales han sido rebajado por no salirse de lo políticamente correcto
Esta novela de John Le Carré es, en mi opinión, una de sus obras maestras y, sin embargo, es la peor valorada. Aun cuando es una narración muy del estilo que cultivó a lo largo de los años setenta, cargada de detalles, el público le reprochó al autor que diera la espalda al gran escenario de la Guerra Fría y permitiera la entrada al patio de juegos del Mossad y la OLP. La chica del tambor es una de las novelas del escritor británico que más he disfrutado, junto a El honorable colegial. Aunque no esté a su altura, vale mucho la pena leerla porque se percibe el gran esfuerzo y dedicación que Le Carré puso en la empresa de escribirla, componiendo un puzle con miles y miles de piezas.
Nadie se atreverá a negarlo: La chica del tambor es imposible de adaptar a la pantalla en un formato de dos horas. Ya lo intentaron en su día con aquella, quizá frustrante, película protagonizada por Klaus Kinski y Diane Keaton (1984). Necesita una miniserie, y la de 2018 es un diamante perfecto por todas sus caras, que no os podéis perder.
Un diamante de muchos quilates, además, porque es muy fiel a la obra literaria, tanto que en ocasiones parecía materializarse entre mis manos, de forma casi espectral, alguno de los dos volúmenes que leí. Lenta y con buena letra, sin olvidar esos detalles sobre los que Le Carré martilleaba machaconamente: el reloj de Martin, el Mercedes rojo de Michel, la blazer de José, la ostentosa pulsera que debe llevar Charlie… Todo se conserva de la mejor manera para trasladar al espectador (como ya lo hizo Le Carré con el lector) de la ficción a la “realidad” que pivota en torno a Charlie, la actriz rojilla de salón reclutada por el Mossad.
Únicamente se modifican algunos ambientes, quizá porque los escogidos por Le Carré no funcionaban bien cinematográficamente. No solo hablo de ubicación espacial, sino también de su configuración externa. Asimismo, la producción se permite alterar, con algunas pinceladas, el orden de los acontecimientos para crear una línea más coherente en pantalla, así como reducir el tiempo de algunas escenas o eliminarlas sin que el resultado final se resienta.
Bueno, también cambian el color de piel de algún personaje y el género de otro… pero sin mayores consecuencias.
Eso, y poco más. Y ese “poco más” es que el guion se suaviza hasta lo políticamente correcto en aspectos que no eran tan tabú en su día. Por ejemplo, Charlie, mientras está con el imbécil de su novio Al, únicamente le sirve a este para echar unos polvos intempestivos y usar su cara como saco de boxeo. Charlie es una mujer maltratada, despreciada y humillada. Curiosamente, nadie se ha atrevido a ponerle morados en los ojos a Florence Pugh ni a hacer que Charlie cruce la frontera con Austria como en la novela: enseñando carne para alegría de los babosos guardias fronterizos.
Otro ejemplo es que los militantes occidentales de la causa palestina destilan un menor grado de antisemitismo del que se refleja en la novela. Incluso Charlie, en su papel de infiltrada, llegó a contar un chiste antisemita que escandalizó, si no recuerdo mal, al capitán Tayeh, quien le recuerda que su pueblo es antisionista, pero no enemigo de los judíos.
Y hablando de militantes, los tres que contactan con Charlie —la psicópata Helga, el violento Rossino y el abogaducho suizo Mesterbein— no parecen contar mucho en la miniserie, más allá de lo imprescindible. Cierto es que siempre fueron peones, pero tenían peso y una marcada ideología antisemita y de ultraizquierda.
Ese choque de fanatismo contra los israelíes y los judíos en general parece quemar los dedos de los guionistas de la miniserie. Tanto es así que no se aprecia —salvo en la Inteligencia británica y en el personaje del irritante y hostil comandante Picton— en las relaciones de Martin con los alemanes. En la novela, todos debían andar con pies de plomo para no levantar ampollas con alguna indiscreción, pues si alguien se burlaba de un agente del Mossad, este podía responder mencionando el posible pasado nazi de la familia de su interlocutor. Aquí es una lástima que no se haya dedicado más atención a la relación entre Martin y el Dr. Alexis. Dentro del Mossad, tampoco quedan perfectamente reflejados los choques entre Martin y su superior, Noah Gavron, “El Tahúr”.
En cuanto a los agentes del Mossad, el personaje de Shimon Litvak aparece muy contenido, al igual que otros integrantes del grupo de operaciones, quienes, de no ser por la presencia de Martin, habrían abierto fuego contra los terroristas desde el primer minuto, reventando toda la operación por culpa de su sed de venganza.
De manera sobresaliente está tratada la relación entre Charlie y José/Gadi, ese amor en tercera persona. En el fondo, La chica del tambor es una historia de amor con un trasfondo de espionaje y lucha antiterrorista. Me han gustado mucho los actores que los interpretan, aunque Pugh sea demasiado guapa para la descripción que hace Le Carré de su Charlie, y Alexander Skarsgård no parezca tan versátil como el Gadi literario, aunque su aura de magnetismo es innegable. Bueno, más bien, todos los actores están muy bien en sus papeles, en una adaptación televisiva muy digna de una de las mejores novelas firmadas por John Le Carré.
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