Guardia de cómic: reseña a «El Buscón en las Indias», de Ayroles y Guarnido (2020)

Título original: «Les Indes Fourbes»
Norma Editorial, Barcelona
Segunda edición: febrero de 2020
Traducción: Juanjo Guarnido
ISBN: 978-84-679-4078-7
160 páginas

De la picaresca total del primer capítulo, a la novela de aventuras del segundo, para terminar con un ambiente lóbrego de reflexión

Hincado el diente a este «El Buscón en las Indias», no puedo decir otra cosa que lo que sigue: es una obra sobresaliente en todos los aspectos, tanto como obra gráfica y como literaria. Del arte de Juanjo Guarnido sobra cualquier comentario o etiqueta gracias a sus vistosas y coloridas viñetas, llenas de detalles que obligan al lector a repasar cada esquina, cada jirón. Sus páginas provocan el más absoluto placer

Por su parte, Alain Ayroles ha sabido dar continuación a esa historia inconclusa de Pablos de Segovia, el bellaco de Pablicos, que en la última página de «El Buscón» decidió cambiar de aires viajando a las Indias, pero no de hábitos y menesteres. No hemos sido pocos los interesados en desentrañar, aun con nuestra indigente imaginación, qué desventuras se habría corrido el truhán y Ayroles escribe una continuación a la altura, aunque la cosa se le termina yendo de las manos, o eso me parece, cuando desvela todo el gran embuste que organiza Pablos y su “destino” de vuelta a la Villa y Corte de Madrid. Yo diría que ahí se pasa y tampoco es capaz de transmitir lo mismo que en los anteriores dos capítulos, dejándolo todo al instrumento de narración mediante confesión escrita, con mil y una cartelas, y algo acelerada y falta de desarrollo.

«El Buscón en las Indias» es una obra monumental para hablar de cómic en formato europeo (160 páginas), el cual se caracteriza por volúmenes no muy gruesos, pero de páginas muy profusas en viñetas. A decir verdad, es un integral disfrazado, por cuanto los tres capítulos que componen la obra podrían haber sido publicados de forma individual. Pero, por suerte, se ha vendido en un único tomo, algo pesado y difícil de manejar, pero que queda de maravilla entre las manos y en la estantería.

Cada capítulo tiene su propia alma. De la picaresca total del primero, a la novela de aventuras del segundo, para terminar con un ambiente lóbrego de reflexión.

No sólo es la portada, que resume en toda su gloria al personaje de Pablos de Segovia y que lo enlaza con el epílogo, sino todo su contenido.

La obra da comienzo con una escena en la corte de Felipe IV, un lienzo que es el del cuadro de Las meninas de Velázquez. Pista que nos deriva al punto final de la obra, pero al que no nos tenemos que adelantar. Y, ¿cómo encontramos a Pablos? Pues moribundo en la sala de torturas del palacio del alguacil de Cuzco, narrando a éste cómo, al servicio de Don Diego Coronel y Zúñiga, dio con El Dorado. Pero para llegar a lo que caldea el fuego de conquistador nacido a destiempo del alguacil, Pablos tiene que contar la historia de sus desdichas desde que se subió a un barco con rumbo a las Indias.

La relación de aventuras, desventuras y desdichas protagonizadas por el sinvergüenza nos conducirá a un embuste mayúsculo, digno de formar parte del género de picaresca del Siglo de Oro, aunque escrito cientos de años después. Se me hace cosa relataros algo más del argumento, pues es tan bueno, tan digno de película de Paul Newman y Robert Redford con peluca, bordados y miseria, todo ello con su punto de exageración e histrionismo, que sólo os puedo exhortar a que leáis «El Buscón en las Indias», disfrutando de paso del inigualable arte de Guarnido.

Ayroles es inteligente a la hora de plantear la trama (al menos el 75%), pues no deja huérfano al lector en referencias, tanto si leyó hace años el libro de Quevedo como si, como sucederá en más de un caso, como si no lo ha tocado en la vida. A lo largo de las andanzas, más de una vez se echa mano a lo publicado en el s. XVII, a escenas e imágenes, no faltando, cómo no, la orgiástica escupidera en la que se convirtió Pablos al ingresar en la facultad. El ser objeto del desprecio de los demás es algo que marcó al personaje (y de lo que abusó Quevedo en su sátira), y que se mantiene en este cómic, pues Pablos es un hombre capaz de aguantar lo que le echen con tal de medrar como mejor pueda, incluso cuando la Fortuna le da la espalda, cosa que sucede la mayoría de las ocasiones (aquí llega a ser esclavo de esclavos). Pero Pablos se convence de que ha de pensar a lo grande y vaya si lo hace, aunque sea jugándose el tipo en una peligrosa ruleta rusa de la que participan alguaciles, comendadores, virreyes, esclavos, mitayos, jefes rebeldes y hasta el mismo rey Felipe IV.

Quevedo, según Lillian von der Valde Moheno, defenestra a Pablos de Segovia cada vez que trata de usurpar la hidalguía y, de paso, se apropia de la honra y virtud ajenas, propias de cristianos viejos. Dice que la sátira es la denuncia y censura hacia el ascenso de los cristianos nuevos, con la llegada de los conversos incluso a las más altas cotas de poder. Y podemos decir que Ayroles, lejos de continuar por la senda de Quevedo, aún sin sacrificar un ápice de humor, trata de recomponer la honra real de miserable del protagonista, quien sólo le empuja una ley muy primitiva: la supervivencia. Pablos, en este «El Buscón en las Indias», es muy consciente de que es un bellaco de la peor calaña. El mismo confiesa que ha robado, trampeado, chuleado mujeres… Es un inmoral, pero no es más que hijo de la miseria y de un sistema injusto y brutal que hace de la picaresca una herramienta de primeros auxilios.

La búsqueda de El Dorado particular de Pablos de Segovia es la búsqueda de una vida despreocupada, sin hambre que encoja el estómago y sin dar un palo al agua. El regreso al Edén al que aspiramos todos de alguna forma. Un destino al que, según el mandamiento paterno, había que llegar sin trabajar, pero Pablos dedicará no pocos empeños y esfuerzos para conseguirlo, lo cual se puede traducir en que hace falta algo más que picardía. Podemos decir que, aunque Ayroles simpatiza con Pablos, sabe muy bien que hay que trabajárselo.

Aunque haya sido escrito por un francés, Ayroles ha resultado ser un excelente alumno de don Francisco de Quevedo.


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