Guardia de televisión: reseña de la quinta temporada de «Solo asesinatos en el edificio» (2025)
Más secretos bajo el Arconia, menos brillo en la superficie: la quinta temporada confirma el desgaste de la serie
Fiel a su propia tradición, Solo asesinatos en el edificio cerró su cuarta temporada anunciando, en los últimos compases, el crimen que activará el siguiente podcast de Mabel, Charles y Oliver. En esta ocasión, la víctima es Lester, el afable portero del Arconia, una elección que en principio prometía un giro emocional y narrativo significativo. Sin embargo, aunque la quinta temporada amplía el universo de la serie con nuevos secretos —como la revelación de un salón ilegal de juegos en el subsuelo del edificio y su conexión con la mafia local—, el resultado final confirma una sensación difícil de ignorar: la serie empieza a acusar desgaste.
Esta quinta entrega se revela como la más floja del conjunto. El engranaje sigue funcionando, pero ya no gira con la misma precisión. El humor permanece, el carisma del trío protagonista continúa siendo el principal sostén de la narración y las situaciones absurdas aún arrancan sonrisas, pero el nivel de intensidad de los diálogos se ha resentido notablemente. Hay una pérdida de chispa —de esa ligereza ingeniosa que caracterizaba a la serie— que parece estructural y no coyuntural, y cuesta imaginar que pueda recuperarse plenamente en la anunciada sexta temporada.
Con todo, el guion no renuncia a dialogar con el presente. La temporada aborda temas de indudable actualidad, como la irrupción traumática de la inteligencia artificial en el mundo laboral, representada en la amenaza que sienten los trabajadores del Arconia ante la automatización; o el retrato ácido de una élite multimillonaria que actúa convencida de tener carta blanca para moldear el mundo a su antojo. Este trío de ricos excéntricos funciona, además, como un reflejo oscuro de los propios protagonistas, compartiendo con ellos obsesiones como la imagen pública, el legado y la prolongación de la vida. A ello se suma una crítica más amplia a la inmadurez emocional de la sociedad adulta contemporánea, uno de los subtextos más cómicos —y certeros— de la serie.
El arco narrativo de la temporada aprovecha también para profundizar en el pasado de Oliver, aportando matices relevantes de su infancia, y para ofrecer, por fin, una explicación coherente a la reiterada inclinación amorosa y sexual de Charles hacia mujeres claramente problemáticas y letales. Estos apuntes psicológicos enriquecen a los personajes principales, pero contrastan con el tratamiento irregular de los secundarios más habituales. Su presencia resulta forzada y fragmentaria, como si la producción hubiera tenido que adaptarse a agendas imposibles: aparecen y desaparecen sin continuidad, reaparecen escenas después sin un peso real en la trama o, directamente, se esfuman sin explicación.
La resolución del asesinato de Lester busca el impacto, y en términos dramáticos lo consigue. No obstante, el culpable termina siendo un personaje apenas referido de manera tangencial en escenas que se perciben más como relleno que como auténtica siembra narrativa. Este recurso puede resultar frustrante para el espectador, encontrándose una relación literaria en El asedio, de Arturo Pérez-Reverte, donde el asesino apenas aparece mencionado en un par de frases.
En conjunto, la quinta temporada resulta menos entretenida y menos inspirada que las anteriores. Es ya innegable que la serie alcanzó su punto más alto en la tercera temporada y que, desde entonces, avanza más por inercia que por verdadera necesidad creativa. Solo asesinatos en el edificio sigue siendo una propuesta simpática y bien interpretada, pero empieza a dar señales de agotamiento que invitan a preguntarse si su misterio más urgente es cuánto tiempo podrá sostenerse su fórmula sin reinventarse.

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