Guardia de cine: reseña de «La carrera de la muerte del año 2000» (1975)
Incalificable película que nos habla de un futuro distópico y una sociedad controlada gracias a un deporte brutal
Me resulta laborioso calificar y reseñar esta película. No sé si es una burda broma o una obra maestra acerca de un futuro distópico marcado por el totalitarismo y por una sociedad adormecida por medio de un deporte sangriento. Y si os suena a algo más moderno, sí, tuvo un remake en 2017 y Jason Statham, en 2008, protagonizó la primera de una saga de películas que toman algunas notas del original, con vehículos blindados pilotados por presidiarios que deben asesinarse entre sí.
El argumento es sencillo: a finales de los años setenta del siglo XX hubo un colapso y una guerra que transformaron los EEUU en un país totalitario y autárquico, de vagos e imprecisos límites y aliados, y enemistado con Europa (en concreto, con Francia). Como entretenimiento de masas se creó entonces la Carrera de la Muerte, un deporte automovilístico en el que varios equipos recorren las carreteras del país ganando puntos extras con cada atropello mortal que provoquen, siendo que contabilizan más los bebés y los ancianos. A la fuerza, a nivel crítico, comparte el espíritu de Rollerball y Perseguido.
Como película que pretende ser de humor y, cuando puede, de humor negro, está sobradamente salpicada de hilaridad y de litros de sangre falsa. Los equipos y sus integrantes, así como los vehículos, poseen unas características muy particulares, como caricaturas adultas de Los Autos Locos de la Hanna-Barbera. Lo mejor sería que lo vierais con vuestros propios ojos, pues es difícil de describir; aún así, haré un esfuerzo: tenemos a Frankenstein, el favorito, un piloto que tiene más de medio cuerpo reconstruido (en la práctica, es un hombre biónico); Machine Gun Joe Viterbo, un arrogante mafiosillo interpretado por un Sylvester Stallone, quien se ríe de el mismo; Calamity Jane Kelly, una vaquera que conduce un coche cuya principal arma son unos enormes cuernos; Matilda la Huna, una neonazi en un Studebaker fusionado con una bomba volante V-1; y Nerón el Héroe, un mamarracho vestido de gladiador. Cada piloto tiene un compañero del sexo opuesto, tanto para que lo ayude con el mapa de carreteras y la estrategia como para que le haga compañía en la cama.
Esta carrera es un deporte enfermizo para una sociedad futura enfermiza. Y ésta es una película plagada de escenas o quizá gags sangrientos, absurdos, cursis y cómicos (más sangrientos que cómicos, por lo que sé de las revisiones de guion). Pero no todo en este mundo está conforme con el régimen totalitario y dictatorial: existe una resistencia patriótica, torpemente organizada y liderada, compuesta por una panda de inútiles sin igual.
El guión se basa en el cuento El corredor, de I. B. Melchior, de quien no he oído hablar en mi vida. Desconozco qué grado de fidelidad guarda la película con el relato, pero lo indiscutible es que este producto es para pasar un rato sin pensar, junto a los colegas, por lo estúpido de su montaje y sus efectos, con el abuso de imágenes aceleradas y de despertar sexual setentero — pues salvo a una de las actrices (la locutora Grace Pander), todas lucen como Dios las trajo al mundo en alguna escena escogida—. No se la puede tomar en serio en ese sentido, pero está en la línea de denuncia contra la violencia como medio de entretenimiento para una especie violenta que, si pudiera ver un deporte así por televisión, no apartaría la mirada hacia otro lado. También es una denuncia contra los medios de televisión como instrumento del gobierno y de adormecimiento de la sociedad. Un pensamiento que tiene su máximo y actual exponente en El juego del calamar.

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