Guardia de televisión: reseña de la primera temporada de «Pluribus» (2025)
La distopía amable que convierte la felicidad en una amenaza
Soy uno de tantos a los que la cabeza les ha implosionado con Pluribus, el último artefacto televisivo salido del horno creativo de Vince Gilligan, responsable de Breaking Bad y Better Call Saul. Una vez más, el showrunner demuestra que su talento no reside únicamente en contar historias, sino en incomodar al espectador obligándolo a mirarse en el espejo.
Deudora directa de la ciencia ficción distópica que dominó el imaginario cultural entre las décadas de 1960 y 1970, Pluribus se construye sobre los cimientos de títulos como La invasión de los ultracuerpos, El último hombre vivo o Cuando el destino nos alcance. Sin embargo, la serie introduce dos elementos claramente disruptivos: la naturaleza misma de la invasión y el perfil de su protagonista.
El arranque funciona como un reflejo deliberadamente absurdo de Contact: la comunidad científica anuncia el hallazgo de una señal de radio inteligente procedente de Kepler-22b. Pronto comienza una carrera global por descifrar el mensaje, que resulta ser una receta química capaz de permitir al emisor “entrar” en la Tierra. En foros y redes se debate si se trata de un virus, pero el guion evita una definición explícita. Lo que sí queda meridianamente claro es que la humanidad se enfrenta a una pandemia surgida de un laboratorio y fuera de control. ¿Os suena? A mí me remite inevitablemente a 2020.
Cansado —y consciente— del desgaste que produce ver una y otra vez invasiones alienígenas violentas, Gilligan hace un guiño al espectador con una conquista radicalmente pacífica. La humanidad es absorbida en una mente colmena que integra conocimientos, recuerdos y vivencias en una única conciencia colectiva. El resultado es, en apariencia, idílico: desaparecen las guerras, las tensiones geopolíticas, el crimen y hasta la animadversión entre cuñados. Mentir se vuelve imposible; a lo sumo, cabe el silencio culpable. Todo es honestidad, armonía y una felicidad tan homogénea que provoca sonrisas bobaliconas en los rostros de quienes forman parte de la llamada Unión.
Pero esta utopía tiene un precio. La mente colmena implica la anulación total de la individualidad —incluyendo la cultural—, y ahí se encuentra el núcleo moral de la serie. Además, la Unión es incapaz de ejercer cualquier forma de violencia: no puede matar un insecto, arrancar una manzana de su árbol ni sacrificar un animal para alimentarse. Según sus propios cálculos, la humanidad tiene una esperanza de vida de apenas diez años antes de agotar las reservas alimentarias y sucumbir a la inanición.
Por un imprevisto, la pandemia no afecta a todos por igual. Existen trece personas inmunes, además de quienes han permanecido aislados en búnkeres u otros refugios —una vía narrativa que, previsiblemente, cobrará relevancia en la ya confirmada segunda temporada—.
La protagonista es Carol Sturka, una autora de novelas románticas de fantasía que vive en Albuquerque (Nuevo México) y que encarna el paradigma de la antipatía. Aquí reside uno de los mayores aciertos de la serie: ¿cuántas ficciones se atreven a otorgar el papel principal a un personaje abiertamente desagradable, irascible, amargado y socialmente abrasivo? Muy pocas. Carol ha caído mal a una parte considerable del público —no es mi caso—, y precisamente ahí radica la audacia de Gilligan: ¿quién mejor que la persona más triste y enfadada del planeta para enfrentarse a una pandemia de felicidad?
Inmune a la Unión, el mayor anhelo de Carol es que todo vuelva a ser como antes y conservar su Yo intacto, virginal. A este deseo se suma el duelo por la muerte de Helen, su esposa, quien murió al ser incapaz de adaptarse a la mente colmena. La negatividad de Carol no solo la aísla: afecta directamente a la Unión, provocando crisis nerviosas y epilépticas en la conciencia colectiva que acaban causando, de forma indirecta, la muerte de unos once millones de personas.
Carol no es solo un personaje: es una postura ética. Representa a quienes prefieren la imperfección humana —con todo su catálogo de crueldades— antes que una felicidad artificial y condenada a desaparecer. Su resistencia es impulsiva, desordenada y profundamente egoísta, lo que le granjea pocos aliados.
A su alrededor orbitan otros inmunes, cada uno encarnando una posible respuesta humana al desastre. Manousos, paraguayo de mediana edad, comparte la idea de expulsar a la mente colmena, pero desde una lógica fría, calculadora y extremista. Laxmi, india, se refugia en la negación: cree que su hijo y su familia siguen con ella, aunque sus cuerpos sean meros vehículos de la Unión. Kusimayu, una joven del ámbito rural peruano, solo desea integrarse y reunirse con los suyos. Y, finalmente, Diabaté, cuyo sueño es recrear fantasías de James Bond en un casino de Las Vegas, entregándose al hedonismo absoluto a costa de miles de millones de esclavos humanos.
Durante 71 días de pandemia, Carol interactúa con ellos, con la Unión y, también, con la soledad.
En Internet abundan quienes aseguran que “todos” sabríamos qué hacer en una situación así. Yo lo dudo. He fantaseado con ello, sí, pero establecer una línea de conducta resulta endiabladamente difícil. A ratos, uno se imagina siguiendo el camino de Diabaté y abandonándose al placer sin consecuencias; otras veces, la tentación de entregarse a la Unión, como Kusimayu, parece casi irresistible ante la certeza de la soledad. Quizá, como Carol, desearía que todo volviera a ser como antes, aun sabiendo que eso implicaría el regreso de la guerra y de las crueldades más refinadas del ser humano.
Cada episodio de Pluribus admite —y exige— un análisis minucioso. Los planos, los colores, el vestuario, los detalles aparentemente insignificantes. Nada está colocado al azar. Para espectadores atentos, como el youtuber Maestro Ciego, cada capítulo esconde códigos visuales que revelan el estado emocional de los personajes y elementos que anticipan lo que va a suceder. Incluso la invasión “pacífica” acaba revelando una inquietante falta de empatía y una crueldad soterrada bajo su superficie amable.
Pluribus es ciencia ficción, sí, pero sobre todo es un drama profundamente humano. Un experimento moral que utiliza el humor incómodo y el surrealismo para diseccionar nuestras certezas éticas. No deja indiferente, incomoda y obliga a pensar.
A mí me ha volado la cabeza. Y, sin dudarlo, la considero la mejor serie de 2025.

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