Guardia de cine: reseña de «The vast of night» (2019)
Con un presupuesto ínfimo, The Vast of Night confirma que la ciencia ficción aún puede sorprender sin efectos espectaculares
Empeñando sus propios ahorros y convenciendo apenas a un puñado de productores, el cineasta Andrew Patterson logró materializar una idea que le rondaba la cabeza desde hacía años y que nadie se atrevía a financiar. El resultado fue una producción de ciencia ficción y suspense rodada con un presupuesto ínfimo para los estándares actuales —apenas 700.000 dólares— que, con muy poco, consigue muchísimo.
La trama nos transporta a la década de 1950, a Cayuga, un pequeño pueblo de Nuevo México. Todo lo que ocurre transcurre en el mismo lapso temporal que dura la película. Es noche de partido de baloncesto en el instituto, y casi todos los habitantes se han congregado en el pabellón, salvo unas pocas personas. Entre ellas conocemos a Everett Sloan, locutor local de radio, y a Fay Crocker, la jovencísima encargada de la centralita.
Everett inicia su programa nocturno mientras Fay lo escucha con atención. De pronto, un extraño sonido irrumpe en las ondas y corta la emisión. Fay, que lo ha detectado, avisa a Everett y le hace llegar la grabación. Intrigado, el locutor reproduce en directo aquel inquietante murmullo y pide ayuda a sus oyentes para identificarlo. Lo que empieza como una curiosidad abre la puerta a lo desconocido cuando dos personas llaman para compartir relatos perturbadores: soldados en operaciones secretas de rescate y desapariciones inexplicables de niños.
Patterson dota a sus personajes de diálogos ágiles y densos, que en ocasiones se atropellan como en una conversación real. El ritmo es rápido, pero nunca artificioso. Cuando la tensión aumenta, en cambio, las palabras se ralentizan, permitiendo al espectador sumergirse en el abismo que se abre bajo los protagonistas.
El presupuesto se destinó sobre todo a recrear la atmósfera de los años cincuenta: vestuario, peinados, automóviles. Patterson no necesitaba un gran reparto —la historia descansa en sus dos protagonistas— ni efectos especiales. Solo recurre a estos últimos en una escena que considero fallida: la visualización de una nave extraterrestre sobre Everett, Fay y la hermana menor de esta. Los efectos son pobres y habría sido preferible sugerir con unas luces caprichosas surcando el cielo, como hiciera Steven Spielberg en Encuentros en la tercera fase.
En algunos pasajes, la cámara entra y sale de un televisor de época, un recurso que puede descolocar, al igual que el espectro lumínico elegido para las escenas nocturnas en exteriores. Todo ello obedece (entiendo) a la intención de dar a la película un aire de programa televisivo al estilo de La dimensión desconocida, aunque aquí bajo el ficticio rótulo de El Teatro de la Paradoja.
Donde la cinta alcanza su mayor logro es en las intervenciones de los oyentes que llaman a la emisora: entrevistas que, por su sobriedad y verosimilitud, generan una tensión creciente que se retroalimenta a cada segundo. Esa capacidad de atrapar al espectador explica que la película acumule 39 nominaciones y 12 premios, a pesar de haber sido rechazada en varios festivales, hasta encontrar finalmente su oportunidad en Slamdance 2019.
Amazon adquirió los derechos de distribución en mayo de 2020, dando visibilidad global a una obra que, sin ser sobresaliente, alcanza un notable bajo. Un filme modesto y sin pretensiones, ideal para quienes busquen pasar un buen rato con una historia sencilla de contactos extraterrestres, contada con ingenio y con un sutil homenaje a Orson Welles y su mítica Guerra de los mundos.

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