Guardia de cine: reseña de «Mercenarios sin gloria» (1968)
Una visión asqueada de la guerra y del heroísmo que siempre coparon cintas bélicas como las protagonizadas por John Wayne o Audie Murphy
Extraño título en castellano para una película en la que no aparece un solo mercenario, pues su elenco principal viste la indumentaria y hace uso de la forma de combatir del Long Range Desert Group y otras unidades similares. Sin embargo, no vamos a discutir estas extrañezas cinematográficas.
La cinta se ubica temporalmente, en cuanto a su grabación, en un periodo muy especial en el que el Spaghetti Western copaba todas las carteleras, con su violencia desatada y su suciedad mezclada con sudor, pegada a la piel. Eran los tiempos de Sergio Leone y Sam Peckimpah, y la historia que se narra en Mercenarios sin gloria bien podría haber sido desplazada hasta ficticias localizaciones construidas en Almería donde los pistoleros protagonistas del Salvaje Oeste se cosían a balazos. Algo que se acentúa con el hecho de que Mercenarios sin gloria cuente con escenas filmadas en distintas localidades de la provincia andaluza y se produjera en 1968, un año antes que Grupo Salvaje y dos años antes que Los violentos de Kelly.
La historia escrita por George Marton y dirigida por el húngaro André de Toth, éste último conocido por ser el director de Los crímenes del museo de cera o El honor del capitán Lex, podría pasar por una historia fronteriza, a ambos lados del Río Grande. Sin embargo, también a finales de la década de 1960 pegaban con fuerza las cintas bélicas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial y protagonizadas por una panda de canallas criminales. La más mítica, sin duda alguna, es Doce del patíbulo (1967). Así pues, qué mejor que aprovechar el tirón.
Al contrario de lo que se nos cuenta en las sinopsis que encontramos de la película, no hay un grupo de mercenarios contratados por el Ejército británico para combatir a Rommel en el Norte de África. Es como si en aquella época, cuando se escribieron aquellos resúmenes, sonase raro que existiesen unidades compuestas por soldados y oficiales británicos con una hoja de servicios preñada de incidentes y violaciones del código penal militar. Pero las había y lo que se nos muestra en pantalla no es un ejército privado, aunque lo pueda parecer, no debiéndosele confundir tampoco con el Popski Private Army, cuyos integrantes tampoco eran soldados de fortuna (no obstante, el personaje del coronel Masters parece inspirado en el propio Vladimir Peniakoff).
El argumento es el siguiente: la supervivencia unidad del coronel Masters (Nigel Green) pende de un hilo. Sus éxitos en combate son tan escasos que al Alto mando no le salen las cuentas para mantener una unidad tan costosa en material, combustible y hombres. Rara es la incursión en la que apenas haya uno o dos supervivientes, como es el caso del capitán Leech (David Davenport), todo un veterano de la unidad.
Masters se agarra a un clavo ardiendo, sirviéndose de unas fotografías tomadas por espías que muestran un gran depósito de combustible tras las líneas enemigas. Puede ser una buena presa y Masters consigue una última oportunidad, siendo que se le impone un capitán ajeno a su unidad, el capitán Douglas (Michael Caine), empleado de la petrolera BP y adscrito a Ingenieros.
El cínico capitán Leech choca con Douglas desde el primer instante y sólo sigue bajo su mando por la promesa que le hace Masters de entregarle 2.000 libras esterlinas si devuelve al oficial de Ingenieros sano y salvo. Es el choque entre el líder de un grupo de hombres de los bajos fondos, nihilista y que “juega sucio” (de ahí el título), en una guerra en la que los caballeros no pintan nada. Douglas, con el porte de Caine, es lo contrario a Leech, aunque no le quedará más remedio que amoldarse a la situación.
La película se caracteriza por la acción y la violencia (incluida la sexual), pero también por larguísimas escenas sin diálogos o casi sin ellos (creo que hay secundarios que no dicen una sola palabra), que, en ocasiones, resultan un tanto excesivas. Por ejemplo, la escena de cómo suben los camiones por una ladera parece más un documental de formación militar que una secuencia de película. Y si se les pincha o revienta un neumático quince veces, pues les vemos cambiarlo las quince veces.
Hay quien destaca la provocación alternativa de esta cinta, con un retrato de la homosexualidad en pantalla anterior a los incidentes del bar Stonewall, con esa supuesta pareja de hermanos, Hassan y Assine.
La sensación que deja en el espectador es agria. No es que sea una mala producción ni una mala historia. Al contrario. Es una visión asqueada de la guerra y del heroísmo que siempre coparon cintas bélicas como las protagonizadas por John Wayne o Audie Murphy. Su final es absurdo, como la guerra misma.

Post a Comment