Guardia de televisión: reseña de la quinta temporada de «Stranger Things» (2025)
En pocas palabras: aburrida y aborrecible
Si alguien albergaba la esperanza de que los hermanos Duffer y sus escuderos rectificaran el rumbo marcado por el tedio y el absurdo narrativo de la cuarta temporada de Stranger Things, habrá quedado incluso más decepcionado que quien firma estas líneas ante este cierre tan prolongado como insufrible, articulado en ocho episodios que parecen no conducir a ninguna parte.
La serie nos dejó en su momento una Hawkins literalmente partida en cuatro por obra de Vecna y sumida en un éxodo de población provocado por lo que las autoridades presentaron como un desastre natural de origen incierto. Sin embargo, el arranque de la temporada final opta por un escenario difícilmente creíble: el pueblo sigue habitado, convertido en una suerte de recinto militarizado bajo control del Ejército, pero donde, paradójicamente, cualquiera puede moverse con absoluta libertad y provocar el caos sin consecuencias visibles. Secuestros, persecuciones de coches por jardines privados o disturbios se suceden como si nada, mientras el mundo exterior parece observar con una indiferencia inverosímil algo que, en condiciones normales, monopolizaría todos los informativos.
Esta primera fisura narrativa ya invita a la desconfianza. Y eso antes de encontrarnos con decisiones de guion aún más discutibles, como el hecho de que los túneles subterráneos creados en la segunda temporada —cuya existencia es conocida por el Ejército— no estén ni controlados ni vigilados, pese a que la institución haya tomado el mando absoluto del pueblo.
A ello se suman apariciones (y desaparición) de personajes en lugares a los que resulta materialmente imposible que hayan llegado, giros forzados y una acumulación de situaciones gratuitas. Especial mención merecen los constantes momentos de confesión íntima entre dos o más personajes, que se repiten con una frecuencia exasperante y sin aportar verdadero peso dramático. Escenas diseñadas para la emoción fácil que, en su mayoría, no hacen avanzar la historia. La única que alcanza cierta eficacia es la protagonizada por Dustin y Steve, quienes afrontan y superan el distanciamiento provocado por la irrupción y muerte de Eddie Munson —y quien no ha sido rehabilitado—.
Entre lo poco salvable, destaca que por fin se esclarece el origen de la maldad de Henry Creel. También se explica el papel de Will desde su secuestro en 1983, la naturaleza del Mundo del Revés y los objetivos del Azotamentes a través de Vecna —si es que son dos entes diferenciados— y los niños de Hawkins. Revelaciones tardías, pero necesarias.
Más allá de eso, salvo por la presencia de una Nancy Wheeler convertida en una más que alucinante amalgama entre Sarah Connor, Ripley y Rambo, esta temporada final resulta larga, reiterativa y agotadora. Ni siquiera el despliegue de episodios de más de una hora, culminados por un cierre de dos, consigue disimular la falta de pulso narrativo ni aportar una conclusión a la altura.
Stranger Things se despide, así, como otro ejemplo de serie fagocitada por su propio y desmedido éxito. Eso sí, ha quedado más que claro que la infancia se acabó (y que algunos ignorantes han descubierto a David Bowie).

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