Guardia de ensayo: reseña de «El estado del golpe», de Manuel Leguineche (1982)

Editorial Argos Vergara, Barcelona

Primera edición: febrero de 1982

ISBN: 84-7178-380-0

318 páginas

El estado del golpe parece escritos para el presente. Leguineche disecciona con precisión quirúrgica el mecanismo del poder y la tentación del autoritarismo

Con Manuel Leguineche sobran las palabras. Basta con decir que es uno de los más grandes periodistas que España ha dado. Un as de oros que brilla, si cabe, con más intensidad en los tiempos que vivimos, en los que el periodismo es un ser atrofiado y servil.

Al calor de la entonces reciente intentona del 23 de febrero de 1981 —encabezada por el teniente general Jaime Miláns del Bosch, el general de división Alfonso Armada Comyn y el teniente coronel Antonio Tejero Molina—, Manuel Leguineche vio publicado este ensayo suyo: un trabajo periodístico, pero también político y antropológico, sobre los coup d’état exitosos y los intentos fallidos ocurridos durante las décadas de 1960 y 1970 en países como Grecia, Turquía, Francia, Reino Unido, Italia, Chile y Polonia. 

Es un libro de peso, cargado de datos y referencias a autores especializados, que también da voz y espacio a ciudadanos anónimos y a la idiosincrasia de cada país. Sin embargo, es un trabajo descompensado. Afirmo sin base firme, pero con convicción, que en origen El estado del golpe debió estar centrado única y exclusivamente en la dictadura de los Coroneles de Grecia (1967-1974). No obstante, dedica a este tema dieciséis de los veintisiete capítulos que lo componen, lo que se traduce en ciento cincuenta páginas (de un total de trescientas dieciocho, prácticamente la mitad del volumen). Tras Grecia, Leguineche dirige su mirada —y sus horas delante de la máquina de escribir— a las tensiones en una Turquía sacudida por una inestabilidad islamista que atentaba contra el modelo kemalista (cinco capítulos y un total de setenta y tres páginas). El resto de casos se resumen, en el mejor de los casos, en un par de capítulos, a pesar del interés y la curiosidad que suscitan los de Francia e Italia.

La lectura de El estado del golpe resulta ardua. Cuesta superar sus primeras páginas. Te das cuenta, entonces, de que Leguineche va a exigirte y, en contrapartida, tendrá que ofrecerte algo para engancharte. De alguna manera, sus palabras me atraparon y me han dejado marcado de por vida: la narración de la situación social y política de aquellos tiempos pretéritos —sirviéndose incluso de las declaraciones de los propios protagonistas de los golpes, tanto a favor como en contra— nos obliga a mirar nuestro presente con terror.

Leguineche describe democracias bloqueadas y vacilantes, dirigidas por gobiernos inoperantes y/o incompetentes; cámaras legislativas donde la polarización roza el absurdo; economías colapsadas por la inflación galopante, la pobreza o el retraso industrial; y calles en las que los ciudadanos incluso suspiran por la irrupción de los tanques para acabar con “tanto cachondeo”, pues “a peor no se puede ir”.

Resulta pavorosa, como ya he dicho, la facilidad con la que se encuentran puntos de conexión social y política entre la Grecia de finales de los sesenta y, por ejemplo, la España de 2025.

Leguineche analiza el papel de las Fuerzas Armadas en manos de los golpistas, utilizadas en un sentido literal, metafórico o incluso irónico como "herramientas de salvación de la democracia". El discurso siempre parecía ser el mismo: unas semanas con tanques en las calles, restauración democrática tras la eliminación de los elementos “disruptores”, normalización paulatina y vuelta a los cuarteles. Sin embargo, el excesivo apego al sillón del poder termina generando en los golpistas una mística mesiánica de terror y represión en pos de una “sociedad mejor”. El absurdo llega a tal punto que el paso del tiempo acaba revelando que los dictadores golpistas son corruptos, megalómanos e inoperantes ante los desafíos modernos. El pueblo se cansa de ellos y los “retira”.

Recapitulando —aunque sirviéndome de lo ya apuntado—, parece más bien un libro dedicado a Grecia, donde la narración gana impulso cuando el autor comparte sus propias experiencias como periodista y testigo sobre el terreno. A medida que el libro avanza hacia su final, los capítulos se atropellan, los errores tipográficos aumentan y la narración pierde profundidad. Todo ello da a entender, en mi opinión, que la editorial quiso aprovechar el tirón mediático del intento de golpe del 23-F, publicándolo justo un año después y sin dedicarle más tiempo.


No hay comentarios

Con la tecnología de Blogger.