Guardia de cine: reseña de «El submarino» (1981)
Una de las películas bélicas más claustrofóbicas y realistas jamás filmadas, que lleva al espectador hasta las profundidades de la condición humana
No existe libro de cinematografía del último cuarto del siglo XX que se precie que no mencione El submarino (1981). Fue nominada a seis premios Oscar, lo cual no es baladí para una película extranjera en aquella época, además de recibir múltiples reconocimientos más.
Siempre se ha destacado su gran realismo y rigor histórico. Eso sí, para disfrutarla hay que ser un poco masoquista, que te guste el mundo naval y la Segunda Guerra Mundial. Sin esas tres condiciones, es prácticamente imposible superar el reto de estar frente a la pantalla durante más de tres horas (al menos, en la versión que yo he visto). Es una película de submarinos donde la escasez de espacio y de aire se convierte en un personaje más, al igual que la suciedad y el aburrimiento.
Yo me la he tenido que ver a “sorbitos”.
Estamos en 1941, y el guion nos da la excusa perfecta para subirnos a bordo de un U-Boot de la Kriegsmarine. Esa excusa es el teniente y reportero Werner, quien se integra en la dotación del U-97 con el fin de documentar las hazañas de sus tripulantes para alguna publicación del aparato de propaganda nazi. Pero Werner no estará preparado para lo que va a vivir.
El filme, basado en la novela homónima escrita por Lothar-Günther Buchheim y publicada en 1973, comienza de forma un tanto sórdida, entre vómitos, champán y piernas de cabareteras en La Rochelle. Tras la borrachera, los hombres del U-97 parten hacia alta mar, en una nueva misión en el Atlántico para dar caza a convoyes aliados. Así, nos convertimos en parte de un reducido grupo de hombres encargados de combatir al enemigo y, al mismo tiempo, soportarse entre ellos. Una lucha constante donde la irritabilidad y el hastío deben ser vencidos con fogonazos de valor, arrojo y compañerismo.
Y a cada minuto que pasa, uno se siente más parte de esa tripulación, que ríe, discute, llora y sueña entre los finos mamparos. Cada personaje destaca por algún rasgo de su personalidad. Todos los que tienen líneas de diálogo se muestran terriblemente humanos, tanto que incluso se les toma aprecio: el joven que ha dejado a su novia embarazada y no deja de escribirle cartas que quizá nunca lleguen; el maquinista, siempre disciplinado, que acaba perdiendo la serenidad; el oficial engreído, cuya cara afeitada no hace juego con la del resto de tripulantes del U-97; el otro oficial, incapaz de reprimir el llanto al no poder auxiliar a unos náufragos, sin importar que fueran enemigos…
La misión exigirá demasiado de ellos, hasta el borde de la locura. La filmación también exigió mucho a los actores. Y el metraje se lo exigirá al espectador, pues casi no hay escenas fuera de las tripas del submarino.
Y una historia tan fiel a la realidad acaba transmitiendo su mensaje con fuerza: la denuncia de la futilidad de la guerra y de lo fácil que es segar una vida. Un mensaje que resuena con más fuerza en los minutos finales, cuando todo el esfuerzo y sufrimiento no obtienen recompensa alguna.
Para los aficionados, este título es una joya. En su producción participaron veteranos de la Kriegsmarine e incluso uno de los comandantes del auténtico U-97. Todo está perfectamente hilado a nivel técnico, y parece no haber lugar para errores históricos. Nos adentramos en un tubo de acero donde deben caber todos los hombres de la tripulación, las máquinas, el combustible, los torpedos y la comida (como la que siempre aparece colgando aquí y allá), con toda la humanidad.
Sin embargo, las escenas de ataque en superficie y sus efectos especiales resultan algo pobres, ya que se nota que son maquetas en una piscina. Y hay dos detalles que me sacan de la historia: cuando el U-97 arriba a la ría de Vigo, suena de fondo una guitarra tocando acordes flamencos (muy poco apropiado para Galicia), y que un capitán de la marina mercante alemana no supiera identificar los galones de la bocamanga de un oficial de la Kriegsmarine (o eso me parece).

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