Guardia de literatura: reseña de «El tercer hombre», de Graham Greene
Traducción: Barbara McShane y Javier Alfaya
Alianza Editorial para El País
Serie Negra
2001
ISBN: 84-96246-64-7
140 páginas
La aparente sencillez narrativa de El tercer hombre esconde una de las exploraciones más lúcidas de la amistad y la traición en la literatura del siglo XX
Leer a Graham Greene es una tarea ineludible no solo para los aficionados a las novelas de espionaje o detectivescas, sino para cualquier lector interesado en la ficción de calidad. Su obra trasciende los géneros y se instala en un territorio donde la intriga sirve de excusa para explorar los pliegues morales del ser humano. En ese sentido, El tercer hombre es una puerta de entrada ideal al universo narrativo del autor inglés, especialmente para quienes llegan a él por primera vez y ya tienen en la memoria la mítica adaptación cinematográfica protagonizada por Orson Welles y Joseph Cotten.
La prosa de Greene destaca por su aparente sencillez: una escritura llana y directa que no entra en conflicto con la elegancia de sus construcciones. Al contrario, esa sobriedad estilística es la que permite al lector avanzar con placer por cada línea y cada párrafo, mientras se despliega una trama contenida, pausada, pero siempre sugestiva.
No es casual que buena parte de la crítica considere El tercer hombre como una de las obras cumbre de Greene. La novela comparte los grandes temas que atraviesan toda su bibliografía: la amistad puesta a prueba, el engaño, el amor frustrado, el pecado, la ambigüedad moral. Aquí no hay héroes inmaculados ni villanos de cartón piedra. El bien y el mal conviven, se entrelazan y se confunden como reflejo de la complejidad humana. A ello se suma un tratamiento del espacio especialmente notable: Greene nos traslada a la Viena de los primeros años de la posguerra, una ciudad devastada, dividida en cuatro sectores bajo control de las potencias aliadas, donde el pasado ha quedado reducido a escombros ennegrecidos por los bombardeos y cubiertos por la nieve. Viena no es solo un escenario: es un personaje mudo, opresivo, que condiciona la conducta de quienes lo habitan.
Aunque pueda parecer un recurso trillado, Greene opta por la narración en primera persona, confiando el relato a Calloway, un oficial de la policía militar británica destinado en Viena. A través de sus informes, notas policiales y recuerdos, Calloway reconstruye el extraño caso de la muerte —y los acontecimientos posteriores— del contrabandista Harry Lime. Para completar el relato, se apoya sobremanera en los testimonios y entrevistas mantenidas con Rollo Martins, el mejor amigo del fallecido.
Martins es un escritor de novelas del salvaje Oeste que publica bajo el seudónimo de Buck Dexter. Invitado por Lime, su amigo de la infancia, a pasar unos días en Viena, aterriza en la ciudad solo para descubrir que este ha muerto atropellado. Sin casa donde alojarse ni apenas dinero, Martins percibe de inmediato que todos parecen desear lo mismo: que, tras el entierro, abandone Viena cuanto antes y regrese al Reino Unido.
Sin embargo, quizá impulsado por su vocación de narrador —o por una lealtad mal entendida—, Martins comienza a atar cabos sueltos en torno a una muerte que la policía ha despachado con excesiva rapidez como un simple accidente. Las coincidencias se acumulan, las versiones no encajan, y la sospecha de que Lime haya sido asesinado va tomando cuerpo. Al mismo tiempo, Martins quiere saber cuánto hay de cierto en las acusaciones que Calloway lanza contra su amigo, acusado de delitos de enorme gravedad.
La combinación de fuentes diversas bajo un único hilo conductor genera una atmósfera narrativa singular, terreno en el que Greene se mueve con absoluta maestría. Las analepsis y prolepsis se suceden con naturalidad: Calloway avanza o retrocede en el tiempo según lo exige el relato, pero el lector nunca pierde el rumbo y asiste con interés a la progresiva recomposición del puzle. El tercer hombre no es una novela policial basada en giros efectistas ni revelaciones vertiginosas; es, más bien, un ejercicio de desvelamiento gradual, de ir retirando capas hasta alcanzar una verdad incómoda y un desenlace profundamente dramático, salpicado —eso sí— por discretas pero eficaces dosis de humor absurdo.

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