Guardia de cine: reseña a la cuarta temporada de «Solo asesinatos en el edificio» (2024)

Título original: Only Murders in the Building. 2025. 10 episodios de 30 min. EEUU. Dirección: John Hoffman. Guión: John Hoffman, Taylor Cox, Jake Schnesel, Ella Robinson Brooks, Pete Swanson. Reparto: Steve Martin, Martin Short, Selena Gómez, Meryl Streep, Nathan Lane, Michael Cyril Creighton, Vanessa Aspillaga, Bobby Cannavela, Tedy Coluca, Jermain Fowler, Tea Leoni. Música: Siddhartha Khosla

Entre el misterio y la sátira, la cuarta visita al Arconia confirma que la fórmula sigue funcionando, aunque esta vez con un regusto menos intenso

Como si el Arconia fuera algo más que un edificio de apartamentos —casi un refugio emocional para el espectador— regresamos por cuarta vez a sus pasillos con una mezcla de familiaridad y expectativa. La fórmula es conocida y, sin embargo, sigue funcionando: pistas que conducen a callejones sin salida, sospechosos que se revelan como meros espejismos y una narración que juega con el público con la misma astucia con la que un gato entretiene a su presa antes del zarpazo final.

La tercera temporada se cerró con una imagen difícil de olvidar: Sazz Pataki agonizando en la cocina de Charles tras recibir un disparo de francotirador. Su muerte —o su desaparición a medias— dolió más de lo que cabía esperar para un personaje secundario que, en poco tiempo, había logrado ganarse el afecto del público. Ahora, la nueva víctima que sirve de detonante para una quinta entrega tampoco resulta indiferente, aunque su presencia en pantalla haya sido fugaz. La serie demuestra, una vez más, su capacidad para dotar de peso emocional incluso a las apariciones más breves.

Si la temporada anterior ampliaba su universo desde los pasillos del Arconia hasta las bambalinas de Broadway, esta cuarta entrega traslada parte de la acción a un set de rodaje en Hollywood. La excusa narrativa es la adaptación cinematográfica del caso de Tim Kono, el primer asesinato que unió al trío protagonista. Entre productoras excéntricas, estrellas con ínfulas, especialistas de riesgo y vecinos cada vez más extravagantes, la investigación sobre los últimos días de Sazz se convierte en un juego de espejos que indaga también en su vínculo profesional y personal con Charles.

El contraste entre la intimidad del edificio y el artificio de la industria del cine aporta un nuevo matiz a la serie, aunque también introduce una sensación distinta, menos intensa que en entregas previas. La temporada entretiene y mantiene el pulso cómico que la caracteriza —con un Howard en plena forma y una Eva Longoria brillante al reírse de sí misma y de la imagen pública que ha cultivado durante años—, pero el conjunto no termina de alcanzar el mismo nivel de frescura o sorpresa.

El desenlace, en particular, deja un sabor agridulce. La revelación del culpable carece del peso dramático y el carisma necesarios para cerrar con contundencia la intriga. Además, persisten interrogantes planteados desde la primera temporada que, pese a insinuarse una posible respuesta, vuelven a quedar en el aire. La serie, fiel a su espíritu, sigue apostando por el juego metanarrativo y la confusión deliberada, donde lo mordaz y lo cómico amortiguan cualquier frustración.

El resultado es una temporada que cumple, que divierte y que mantiene viva la química entre sus protagonistas, pero que deja una ligera sensación de hambre. Como una cena elegante que satisface en el momento, pero no termina de saciar del todo.

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