Guardia de literatura: reseña a «Complot Yermakov», de Derek Lambert
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| Título original: The Yermakov Transfer Traducción: Marta I. Guastavino Editorial Pomaire para Círculo de Lectores 1975 ISBN: 84-226-0747-6 254 páginas |
Entre las rarezas de segunda mano a veces se esconden joyas literarias. Tal es el caso de Complot Yermakov, un thriller de la Guerra Fría que descubrí por apenas cincuenta céntimos
Cincuenta céntimos de euro en el mostrador de un Cash Converters local me bastaron para llevarme a casa un thriller apasionante, pese a que la acción transcurre casi en exclusiva en dos vagones del tren transiberiano.
Reconozco que lo primero que me atrapó fue la portada: ese tren verde con dos estrellas en el frontal, la roja soviética y la de David. La sinopsis hizo el resto, resumiendo a la perfección el argumento: un complot sionista encabezado por el matemático Viktor Pavlov —uno de los hombres más brillantes de la URSS, judío mestizo— para secuestrar al presidente soviético Yermakov y forzar así la salida del país de varios científicos judíos hacia Israel.
El ejemplar, además, es de tapa dura, está en perfectas condiciones para los años que tiene encima y, lo mejor de todo, cuenta con una traducción excelente y una edición cuidada.
Aun así, cuando comencé a leerlo temí haberme equivocado: no es fácil sostener un thriller político en un espacio tan reducido. Sin embargo, Lambert disipó mis dudas desde los primeros párrafos y devoré el libro con avidez. Su oficio como corresponsal de prensa en la URSS —en una época en la que se tecleaba con garra— se nota en cada página. Con una prosa directa y vigorosa, es capaz de atrapar al lector con una mezcla de novela dura de la Guerra Fría, notas enciclopédicas, sentimientos, amor, ambición y miedo.
Lo que más impresiona de Complot Yermakov es la facilidad con la que Lambert siembra detalles en el relato. La descripción de andenes y vagones atestados de personajes de todo tipo —desde gerifaltes y agentes de la KGB hasta campesinos de remotas aldeas— aporta una riqueza visual que acerca el escenario al lector. Pero lo más valioso es lo que revela sobre la hipocresía rusa respecto a los judíos, un “contigo, pero sin ti” que atraviesa toda la narración.
Lambert retrata con crudeza la condición de quienes llevaban en sus pasaportes la palabra “JUDÍO”. Ese sello burocrático, aparentemente trivial, podía arruinar una vida: desde ser expulsado de la universidad sin explicación hasta padecer acoso escolar, laboral e institucional. Ciudadanos relegados a la segunda o tercera fila, pese a que muchos judíos habían sido intelectuales clave de la Revolución soviética o incluso Héroes de la URSS.
No es casual que Viktor Pavlov —matemático prodigioso, mestizo y casado con una heroína soviética— se radicalice. Aunque en su pasaporte solo consta “ciudadano soviético”, la KGB no ignora ni su ascendencia ni sus inclinaciones proisraelíes. Tras años de negar su identidad y colaborar como delator antisionista, Pavlov funda la sociedad secreta sionista de los Zelotes y idea un plan audaz, digno del Mossad: secuestrar al presidente Yermakov durante un viaje a Siberia y canjear su libertad por la salida de diez científicos judíos.
El Yermakov ficticio no está lejos de su homónimo histórico: un hombre de oscura fama en los inicios de la URSS, implicado en la represión masiva bajo las órdenes de Beria. En la novela, este presidente ficticio arrastra un pasado de sangre y deportaciones, y en la década de 1970 se enfrenta a un presente que lo obliga a saldar cuentas consigo mismo. El secuestro será la ocasión decisiva.
A su lado está el coronel Razin, de la KGB, encargado de su seguridad. Un personaje ambiguo, tan implacable como su jefe, que empieza a sospechar de Pavlov desde el primer momento. Sus movimientos en la historia son los de una reina sobre el tablero: estratégicos, calculados, decisivos.
En paralelo aparecen otros personajes: Harry Bridges, un periodista norteamericano domesticado por los halagos del Kremlin, convertido en caricatura de sí mismo; y Libby Chandler, una joven británica nerviosa y enigmática cuya presencia en el tren resulta tan sospechosa como intrigante.
No todos los secundarios tienen el mismo peso. Demurin, el conductor próximo a jubilarse, funciona más como recurso para mostrar la vida ferroviaria que como motor narrativo. Y Stanley Wagstaff, entusiasta de los trenes, se ve arrastrado a un absurdo proceso de espionaje por el capricho de una guía de Intourist.
Todo sucede prácticamente sin abandonar el tren, salvo breves paradas técnicas en ciudades de la taiga siberiana. Aun con esa limitación espacial, Lambert consigue dotar a los personajes principales de tridimensionalidad y mantiene un pulso narrativo creciente. Su prosa, sin alardes innecesarios, transmite tensión de principio a fin.
En definitiva, Complot Yermakov es un thriller político sólido, vibrante y sorprendentemente vigente en sus reflexiones sobre el poder, la identidad y la represión. Una lectura que recomiendo sin reservas.

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