Guardia de cómic: reseña de «Corto Maltés: La reina de Babilonia», de Martin Quenehen y Bastien Vivès (2024)
NORMA EDITORIAL, Barcelona
Primera edición: junio de 2024
Traducción: Eva Reyes de Uña
ISBN: 978-84-679-7014-2
192 páginas
Quenehen y Vivès continúan con las aventuras de un Corto Maltés en pleno siglo XXI, aunque la historia no está a la altura de Océano Negro
Tras leer Océano Negro, me quedé con ganas de más. Quería seguir leyendo las aventuras de este “otro” Corto Maltés de Quenehen y Vivès, que vive y piratea en el turbulento arranque del siglo XXI (me gusta muchísimo más que el de Díaz Canales y Pellejero). Por eso, festejé con júbilo cuando salió a la venta en 2024 el segundo tomo, titulado La reina de Babilonia. Tan bella portada servía de adelanto a unas aventuras que se proyectaban en el horizonte como inolvidables. Sin embargo, la historia que contiene este álbum no llega a tanto.
Es el año 2002 y Corto está en Venecia, pues sus huesos siempre tienden a acabar en la ciudad de los canales. Se cuela en una fiesta de la mano de una chica de la que está perdidamente enamorado, una tal Semira. Y pronto sabremos que Corto no está allí para socializar, sino como parte de un grupo mafioso compuesto por excombatientes bosnios que pretende dar un golpe a cuenta de unos serbios. Como no podía ser de otro modo, la cosa se va torciendo, y lo hace a medida que se cuelan en las viñetas agentes de la CIA y que los compañeros de operación no son muy de fiar.
Es entonces cuando la narración comienza a coletear como un pez recién sacado del agua. La reina de Babilonia es más bien un adelanto o anticipo de títulos que nos llegarán a las manos en un futuro no determinado. Así, tenemos una venganza que se ve interrumpida por la CIA, que arrastra a Corto hasta Irak para que dé con el tesoro de Alejandro Magno, aunque es algo que apenas ocupa unas páginas.
Quenehen sabe cuáles son los ingredientes que hay que sofreír, tal y como lo hacía Hugo Pratt. Ahí están la melancolía, el mar, la aventura, el viaje, la traición, los amigos que vienen y van, la ironía de la vida, la búsqueda de un tesoro que, como siempre, se puede acariciar solo con la yema de los dedos… Y todo ello encaja a la perfección con el trazo en apariencia descuidado de Vivès. Pero Quenehen no nos guía hasta ningún sitio en concreto, algo que también es muy típicamente prattiano. Mas, como he adelantado antes, La reina de Babilonia sirve (o esa impresión da) más como siembra para otros álbumes, y la sensación que deja es la de haber bebido un descafeinado. No es la primera vez que me ocurre con un título firmado por Quenehen: ya me sucedió con Catorce de Julio. Sin embargo, este La reina de Babilonia me lo leí tres veces seguidas, así que me sabe a poco y, aun así, me encanta.

Post a Comment