Guardia de cine: reseña de «Cherry 2000» (1987)
Otro título más, ochentero y mediocre que pretendió sacar rédito de Mad Max
La filmografía de los años ochenta nos dejó títulos memorables, otros sobrevalorados y una gran cantidad de producciones mediocres. En esta última categoría podríamos incluir Cherry 2000, una película de ciencia ficción que combina diversas ideas con un resultado bastante pobre. Aun así, posee algunos elementos destacables.
La historia nos traslada a un futuro cercano (2017), donde la escasez de productos es acuciante y se exhorta a la población a reciclar. La sociedad se ha dividido en dos grupos: una mayoría confinada en enormes megalópolis y una minoría exiliada en los yermos más allá de las fronteras urbanas.
El protagonista, Sam Tredwell, es un hombre con posibles que, sin preverlo ni desearlo, provoca su propio “drama”: ha dañado irremediablemente a su Cherry, su preciada robot de compañía, de la cual está perdidamente enamorado (si Cherry os resulta familiar, es porque la interpreta Pamela Gidley, quien más tarde encarnaría a Teresa Banks en Twin Peaks). Una noche, al regresar del trabajo, Tredwell comete el error de tener sexo con Cherry en el suelo de la cocina, que poco a poco se va inundando de agua. Ya sabemos qué sucede cuando se mezclan líquidos y electricidad… Como resultado, Cherry queda con sus circuitos chamuscados y sin posibilidad de reparación. La única solución es encontrar un chasis nuevo del obsoleto modelo Cherry 2000, a menos que Tredwell deje atrás su romanticismo y adquiera una versión más moderna. Pero, obsesionado con su Cherry, Tredwell está dispuesto a invertir una buena cantidad de dinero y contratar a un cazador con el que aventurarse en la peligrosa Zona 7, un páramo más allá de la ciudad donde existe un cementerio de robots de compañía.
Dado que no se puede razonar con Tredwell, no sorprende verlo partir en busca de un cazador. A pesar de sus dudas, acaba contratando a Edith Johnson. Sin embargo, el viaje se complica debido a Lester, un psicópata patético que lidera una banda de salvajes al estilo Mad Max, aunque con una pátina más propia de los años cincuenta y a juego con su cabecilla.
Con un guion flojo y un presupuesto de diez millones de dólares, el resultado es una película que mantiene cierto interés en su primera mitad (a pesar de los evidentes gazapos), pero que después se vuelve tediosa y predecible, al punto de desear que los créditos finales lleguen cuanto antes. Uso el término interesante para describir la primera parte porque, al menos, funciona como presentación de personajes, situaciones y escenarios dentro de una distopía. Como aficionado a la ciencia ficción distópica, disfruto de los detalles de anticipación y denuncia. En este caso, la película critica la pérdida de humanidad en las relaciones interpersonales (y eso que estamos hablando de 1987).
Una de las escenas más curiosas es aquella en la que Tredwell, acompañado por dos compañeros de trabajo, visita el Glu Glu Club, un garito de moda donde se puede conocer a otras personas de carne y hueso y mantener relaciones sexuales. Eso sí, antes de cualquier contacto, ambas partes deben redactar y firmar un contrato, discutiendo cláusula por cláusula, bajo la supervisión de un abogado del club. Se establecen detalles como el número de coitos permitidos, quién paga qué, el lugar del encuentro, entre otros. Casi parece que los guionistas Michael Almereyda y Lloyd Fonvielle se hubieran anticipado a Irene Montero y a su ralea incluso antes de que nacieran, por eso de las relaciones sexuales firmadas por duplicado.
Cherry 2000 es otro de los tantos títulos de los años ochenta a remolque de Mad Max 2: el guerrero de la carretera, pero sin lograr trascender.

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