Guardia de cine: reseña de la película «Backrooms» (2026)

Título original: Backrooms. 2026. 2h y 6 min. EEUU. Dirección: Kane Parsons. Guión: Willam Bromell, Kane Parsons. Reparto: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Finn Bennett, Lukita Maxell, Mark Duplass, Krista Kosonen, Avan Jogia, Philip Granger, Robert Bobroczkyi. Música: Edo Van Breemen, Kane Parsons

El creepypasta salta a la pantalla grande por todo lo alto

Hay películas que llaman la atención por su argumento, otras por sus actores y algunas, cada vez menos, por la sensación de estar ante algo que no se parece demasiado a lo que hemos visto antes. Backrooms pertenece a esta última categoría. No soy especialmente aficionado al cine de terror, pero los avances de la película consiguieron despertar mi curiosidad desde el primer momento. Había algo en aquellos interminables pasillos, en esa arquitectura imposible que parecía salida de uno de los grabados de Escher y en una banda sonora extraña, casi hipnótica, que resultaba difícil de ignorar. Detrás de la película se encuentra Kane Parsons, conocido hasta ahora fundamentalmente por sus trabajos en YouTube sobre las Backrooms y que, con apenas veinte años, ha conseguido trasladar al cine un fenómeno nacido en internet, concretamente de aquella célebre imagen de un espacio amarillo, vacío y aparentemente interminable que terminó convirtiéndose en una de las creepypastas más reconocibles de los últimos años. Que A24 haya decidido apostar por él dice bastante del interés que despertó su propuesta, pero lo verdaderamente llamativo es que Parsons no se limita a ampliar su cortometraje The Backrooms (Found Footage) de 2022 y su serie, sino que intenta convertir aquella idea inicial en una historia cinematográfica con personajes, traumas y una lógica propia.

La película comienza presentándonos a Clark, un arquitecto frustrado que atraviesa un momento complicado de su vida. Su trabajo como vendedor de muebles le provoca una agonía inenarrable y  su matrimonio se ha roto de forma violenta. En paralelo aparece Mary, la psicóloga que trata de ayudarle y cuya propia historia familiar terminará teniendo una importancia mucho mayor de la que podría parecer inicialmente. Parsons tarda deliberadamente en conducirnos hasta las Backrooms y utiliza buena parte de ese primer tramo para construir a sus personajes, algo que puede resultar extraño en una película cuyo principal atractivo, al menos sobre el papel, parece ser precisamente ese espacio imposible. Sin embargo, esa decisión termina siendo fundamental, porque las Backrooms no funcionan únicamente como un escenario al que los personajes llegan por accidente, sino como una especie de prolongación física de aquello que llevan dentro.

Clark tiene formación como arquitecto y esa circunstancia es probablemente una de las decisiones más inteligentes para crear su personaje. Cuando aparece la grieta que permite acceder a las Backrooms, lo que encontramos no es simplemente un lugar extraño lleno de pasillos idénticos, sino un espacio que parece desafiar cualquier principio lógico de construcción. Las habitaciones se repiten, las distancias dejan de tener sentido, las puertas conducen a lugares que no deberían existir y la arquitectura parece copiar de manera imperfecta elementos reconocibles del mundo real. El descubrimiento resulta especialmente inquietante para alguien cuya vocación consiste precisamente en comprender y ordenar el espacio. Allí donde Clark debería sentirse capaz de orientarse, las reglas que conoce dejan de funcionar.

Es precisamente en este punto donde Backrooms me ha recordado a Solaris, la novela de Stanislaw Lem. En ambas historias existe la posibilidad de que aquello que encontramos en un lugar desconocido no sea completamente ajeno a nosotros. En Solaris, el planeta parece reproducir de manera incomprensible elementos vinculados a los recuerdos y traumas de quienes se encuentran allí. En Backrooms sucede algo parecido, aunque Parsons lo plantea desde el terror y desde una concepción mucho más física del espacio. Las Backrooms parecen construir una reproducción defectuosa de lugares conocidos, como si una inteligencia que no comprendiera realmente nuestro mundo intentara reconstruirlo a partir de recuerdos incompletos. Y precisamente porque reconocemos esos lugares, aunque sepamos que hay algo profundamente equivocado en ellos, resultan mucho más inquietantes.

Esa es, de hecho, una de las grandes virtudes de la película. Parsons comprende que no necesita llenar las Backrooms de criaturas para producir miedo. El verdadero monstruo es el propio espacio. Un pasillo vacío puede resultar mucho más perturbador que una criatura persiguiendo a un personaje cuando ese pasillo parece no tener principio ni final y cuando cada puerta puede conducir exactamente al mismo lugar del que acabamos de salir. Hay algo profundamente angustioso en la repetición, en la imposibilidad de encontrar una referencia que permita recuperar el sentido de la orientación. La película consigue así que el espectador comparta progresivamente la desorientación de los personajes, y lo hace mediante una combinación muy eficaz de arquitectura, sonido, iluminación y movimiento de cámara.

En ese sentido, las referencias a Escher aparecen de manera casi inevitable, pero también hay algo de Severance en esa concepción de los espacios cotidianos convertidos en lugares inquietantes y de Stranger Things en la idea de una realidad aparentemente normal que esconde otra dimensión superpuesta a ella. Parsons parece utilizar esas influencias evitando que la película se convierta en un simple catálogo de referencias. Lo interesante es cómo las combina para construir una atmósfera propia. Las Backrooms no son simplemente otro universo paralelo al estilo de tantos productos de ciencia ficción contemporáneos. Son algo mucho más abstracto y, por ello, más difícil de combatir: un espacio que parece no tener voluntad, pero que al mismo tiempo se comporta como si conociera aquello que más miedo produce a quienes lo atraviesan.

En este aspecto adquieren especial importancia las historias personales de Clark y Mary. El trauma familiar de esta última, relacionado con su madre y con la casa en la que vivió parte de su infancia, permite ampliar la interpretación de las Backrooms más allá de la mera dimensión fantástica. Lo que comienza pareciendo una historia sobre un hombre que desaparece en una construcción imposible acaba convirtiéndose en una exploración bastante más inquietante de la memoria, la pérdida y la incapacidad para escapar de determinados recuerdos. Mary entra en las Backrooms buscando a Clark, pero también se introduce en un espacio que parece tener la capacidad de enfrentarse a aquello que ella misma ha intentado dejar atrás. Es una idea que la película nunca termina de explicar por completo y creo que hace bien en no hacerlo.

La interpretación de Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve contribuye además a que esa dimensión dramática no quede completamente sepultada por el concepto visual. Ejiofor consigue transmitir el desgaste de Clark sin convertirlo en un personaje excesivamente explicativo, mientras que Reinsve tiene que cargar con buena parte de la segunda mitad de la película, cuando la historia abandona progresivamente la situación inicial para concentrarse en Mary y en su relación con ese espacio. Son interpretaciones que funcionan precisamente porque no intentan competir con el escenario. En una película como esta habría sido muy fácil que los personajes terminaran convertidos en simples piezas destinadas a recorrer pasillos y huir de monstruos, pero Parsons consigue que exista un interés real por lo que les sucede.

También resulta destacable la manera en que se ha construido físicamente buena parte de ese universo. Frente a la tentación de resolverlo todo mediante efectos digitales, la película se sirve de enormes decorados construidos en Vancouver para crear una sensación de espacio tangible. Eso contribuye a que las Backrooms tengan una textura mucho más física y menos artificial. Cuando aparece finalmente la criatura, además, el contraste resulta especialmente eficaz. Robert Bobroczkyi interpreta al denominado «Captain Clark», y su aspecto alargado y antinatural funciona porque aparece dentro de un mundo que hasta entonces ya era suficientemente perturbador sin necesidad de recurrir continuamente al monstruo. La película entiende que enseñar demasiado pronto o demasiado a menudo a la criatura habría terminado reduciendo el efecto.

El problema llega quizá cuando la película comienza a aproximarse a su resolución. Parsons ha construido deliberadamente una historia llena de elementos que parecen exigir una explicación y, al mismo tiempo, se resiste a proporcionarla de manera convencional. El resultado es un final abierto que provoca interpretaciones muy diferentes entre los espectadores. En internet ya han aparecido numerosas teorías intentando explicar qué significa exactamente lo que vemos en los últimos minutos. Personalmente, ninguna de esas teorías termina de convencerme del todo. Tengo la impresión de que Parsons está jugando precisamente con nuestra necesidad de encontrar una explicación definitiva y que buena parte del atractivo de la película reside en que quizá no exista una respuesta única. Pretender resolver las Backrooms como si fueran un rompecabezas perfectamente diseñado puede ser, en cierto modo, perder de vista aquello que las hace inquietantes: no sabemos qué son porque los personajes tampoco saben qué son.

Incluso la larga escena poscréditos, situada temporalmente antes de la entrada de Clark en las Backrooms, parece diseñada para alimentar esa incertidumbre y abrir nuevas posibilidades interpretativas. Es un recurso que podría haber resultado simplemente una invitación a una futura continuación, pero que aquí funciona también como una nueva pieza dentro del juego mental planteado por Parsons. La película no parece interesada únicamente en contarnos qué ocurre, sino en conseguir que sigamos pensando en ello después de que hayan terminado los títulos de crédito.

Y quizá ahí esté la clave de Backrooms. Parsons podría haber convertido su popular creación de internet en una película de terror convencional, con una sucesión de pasillos, sustos y criaturas persiguiendo a sus protagonistas. En lugar de eso, ha entendido que el verdadero potencial de las Backrooms estaba precisamente en lo que las hacía inquietantes desde el principio: la sensación de encontrarse en un lugar que parece familiar y, sin embargo, está completamente equivocado. Ha utilizado esa premisa para hablar de la memoria, del trauma, de la pérdida y de nuestra necesidad casi enfermiza de encontrar sentido a aquello que no lo tiene, y lo ha hecho además mediante una puesta en escena que demuestra una notable seguridad para alguien que está dando sus primeros pasos en el largometraje.

No sé hasta dónde llegará Kane Parsons a partir de aquí, pero después de Backrooms resulta difícil no pensar que estamos ante uno de esos directores que pueden marcar el futuro del género. Ha demostrado que no necesita reinventar el terror para hacerlo inquietante: le basta con coger un espacio cotidiano, eliminar de él cualquier referencia que permita comprenderlo y obligarnos a caminar por él durante el tiempo suficiente como para empezar a desconfiar de nuestra propia percepción. Las Backrooms son, en definitiva, un lugar del que quizá resulte imposible salir. Kane Parsons, en cambio, acaba de encontrar una puerta de entrada al cine de terror.


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