Guardia de literatura: reseña a «El cuento de la criada», de Margaret Atwood
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| Título original: The Handmaid's tale Traducción: Elsa Mateo Blanco Ediciones Salamandra, Barcelona Primera edición: abril de 2017 ISBN: 978-84-9868-801-5 412 páginas |
Sin que estuviera en mi ánimo dejarme arrastrar por la moda o la histeria provocadas por cierta adaptación televisiva (que no he visto), de la que mucho se habló y de la que hoy ya nadie se acuerda, pasado el tiempo me he animado a leer este clásico de la literatura distópica con cuatro décadas a sus espaldas. Una vez terminada la tarea, me asombro ante el resultado: no encuentro en el texto ese matiz para ser considerado un relato de bandera feminista chillona. Es más, tampoco he encontrado en él un discurso abiertamente antirreligioso.
En un futuro (más bien pasado, por lo que terminamos leyendo), los EE. UU. han caído bajo un régimen teocrático al más puro estilo iraní, con Dios en todas partes y las mujeres tapadas de la cabeza a los pies, reducidas a trabajadoras y gestantes.
Por un lado, un magnicidio, atribuido a terroristas islamistas, provoca un vacío de poder en el país. La sociedad, manteniendo la calma ante las promesas de una reconducción democrática, va perdiendo derechos de forma gradual y global: se suspende la Constitución, se recortan libertades que afectan tanto a hombres como a mujeres, hasta que un grupo religioso extremista y puritano se hace con el gobierno e instaura una brutal teocracia. Por si fuera poco, un virus de laboratorio escapa y provoca esterilidad en buena parte de la población, mientras que un terremoto en California desencadena un cataclismo nuclear de tres pares de narices. Diría que Atwood no terminaba de decidirse, y al final mete estas tres calamidades en un mismo saco sin profundizar en ninguna.
Este nuevo régimen, la República de Gilead, atenta directamente contra los derechos de las mujeres (y también de los hombres, en ciertos ámbitos), pero se sostiene en buena medida gracias a las propias mujeres, dentro de una sociedad rígidamente estratificada. Las mujeres son clasificadas según su función: Esposas, Hijas, Tías, Econoesposas, Marthas… hasta llegar a las Criadas. Entre todas ellas, las Tías —mujeres estériles y/o solteras, fervientes creyentes o simplemente convenidas— ejercen el control represivo con puño de acero. Así, los delitos cometidos contra las mujeres son juzgados por mujeres y las penas, ejecutadas por ellas mismas. El concepto de mujer como mera fuente de fertilidad y continuidad biológica se convierte en la piedra angular del sistema, reduciendo a las mujeres a lo esencial pero convirtiéndolas también en columna vertebral del aparato represivo.
En lo religioso, cualquiera puede ser un hereje y acabar colgado. Me resulta curioso cuando por ciertos foros de Internet se afirma que Gilead es una dictadura fundamentalista católica, cuando los católicos (al igual que cuáqueros, baptistas, judíos, etc.) son perseguidos por los gileadianos. Gilead es una dictadura cristiana, sí, pero su doctrina concreta nunca queda clara.
La novela está narrada en primera persona (luego sabremos que es una grabación en cintas de casete), y comienza con la entrada de la protagonista como criada en casa de su nuevo comandante, de quien toma su patronímico: Defred (de Fred). Va desgranando su existencia como concubina designada para la procreación, debido a la infertilidad de la Esposa (las escenas sexuales son de lo más embarazoso). Podríamos decir que es el relato de una prisionera en un sistema penitenciario bizarro, ultrarreligioso y diseñado para la anulación total de la identidad. Defred —de quien nunca sabremos el verdadero nombre, aunque la serie de televisión la bautizó como June— reconstruye su pasado en fragmentos desordenados, a través de su madre (una feminista extrema llevada casi al ridículo), su amiga Moira, o su esposo Luke, con quien tuvo una hija. Todo se intercala con el presente, sin una estructura fija, dando pistas sobre su carácter más allá del vestido rojo y la toca blanca. Muestra cómo el régimen sustituyó a la democracia sin que nadie pareciera notarlo ni reaccionar. Aunque, eso sí, sin ofrecer mucho que no hayamos leído antes.
Atwood, por momentos, se pierde en la forma. Su prosa poética está llena de recursos y figuras potentes, pero muchos párrafos pueden saltarse sin perder el hilo. Da la impresión de que para contar lo que cuenta no hacían falta tantas alforjas. Es un libro al que fácilmente le sobran la mitad de sus páginas.
Y si alguien piensa que la serie de televisión (acabo de ver un avance al azar en YouTube) es fiel al libro, que lo olvide. No hay explosiones, ni terrorismo, ni luchas de poder a lo V de Vendetta. Tampoco hay una heroína que lo revienta todo. Para nada.
No me parece una novela feminista, si entendemos el feminismo como una ideología definida. Puede leerse como una defensa de la libertad individual, sobre todo sexual, pero lo que denuncia está más en el trasfondo que en el discurso. Atwood lo deja claro en el prólogo: su crítica va dirigida a las raíces culturales y religiosas de EE. UU., que hunden sus cimientos en el puritanismo del Mayflower.
La querencia de Atwood por las filigranas verbales termina por cansar. Es una novela lenta, e incluso aburrida en algunos tramos. Sin embargo, he superado la prueba y he llegado hasta su desconcertante desenlace, en el que la autora recurre a un giro estructural tan inesperado como frío.

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