Guardia de televisión: reseña de la quinta temporada de «Slow Horses» (2025)
Entre aciertos puntuales y decisiones difíciles de justificar, la quinta temporada de Slow Horses evidencia la creciente distancia entre las novelas de Mick Herron y su superior reflejo en pantalla
A pesar de que la quinta entrega literaria de la saga de Jackson Lamb es muy divertida de leer, resulta evidente que las tramas de Mick Herron están cayendo en la mediocridad.
Para su adaptación televisiva de Las reglas de Londres, los guionistas han tenido que esforzarse de lo lindo —apenas nada en comparación con el trabajo de adaptar la sexta novela, En el país de los espías—. El libro y la temporada guardan pocas similitudes y se han cambiado tantos aspectos y detalles por pura necesidad que, en ocasiones, las escenas privan de base firme sobre la que asentarse a aquellos que hayan leído antes la novela. En este contexto, lo más llamativo es la “salida” de Louisa Guy, quien da a entender a River Cartwright que va a dimitir y abandonar el MI5. Esta desaparición de una de los slow horses se ha justificado por la productora con la lacónica expresión “exigencias del guion”, algo incomprensible si se tiene en cuenta que Louisa es un personaje principal en la serie de novelas, por encima incluso de Cartwright y solo por debajo de Lamb.
Que Abbotsfield pase a ser un barrio de Londres y no un pueblo del rural inglés es un cambio afortunado, pues mantener la idea original remitiría de forma demasiado obvia a Leones muertos, la segunda novela de la serie. No ocurre lo mismo con el giro en la nacionalidad de los terroristas, que dejan de ser norcoreanos a las órdenes de su gobierno para convertirse en libios que actúan al margen de cualquier control. Es cierto que este cambio otorga a la historia una mayor cercanía temporal y geográfica, pero no deja de ser otra modificación que contribuye a un producto muy distinto del literario. Da la impresión de que algunos elementos de la novela se quedan cortos para la televisión, mientras que otros resultan inaceptables para mostrarlos al público.
La trama sitúa a Londres en el centro de una operación de desestabilización planificada por los servicios secretos británicos para aplicar en antiguas colonias que, tras la posguerra, se independizaban y coqueteaban peligrosamente con la URSS. Atentados, asesinatos, sabotajes y actos aparentemente inconexos terminan revelándose como una venganza personal, lo que dota a un personaje menor de una profundidad inesperada y lo saca del papel de simple engranaje defectuoso que despierta las sospechas de los slow horses.
La legión de seguidores de la serie televisiva no disminuirá, gracias a su capacidad para generar suspense y a la calidad de su elenco. Sin embargo, el producto evidencia ciertos signos de agotamiento y ya no logra atrapar la atención como en temporadas anteriores. Atribuyo este problema a Mick Herron, aparentemente más preocupado por cumplir puntualmente con sus compromisos editoriales que por dotar de verdadero fondo a sus novelas. Y esto termina repercutiendo en la adaptación: por culpa de dicha desidia, los guionistas se enfrentan a un sinfín de grietas narrativas que deben resolver. No deja de ser llamativo que, en todos los títulos de Slow Horses, la versión televisiva haya resultado superior al original literario.

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