Guardia de cine: reseña de «Scorpio» (1973)

Título original: Scorpio. 1973. 114 min. EEUU. Dirección: Michael Winner. Guion: David W. Rintels, Gerald Wilson. Reparto: Burt Lancaster, Alain Delon, Paul Scofield, John Colicos, Gayle Hunnicutt, JD Cannon, Joanne Linville, William Smithers, Mel Stewart, Vladeck Sheyball, Mary Maude. Música: Jerry Fielding

Aunque es considerada una de las grandes y más olvidadas películas del género, Scorpio adolece de un hilo conductor firme

Jean Scorpio Laurier es un joven asesino a sueldo de los servicios secretos estadounidenses, cuyo objetivo es eliminar al agente Cross, acusado por las altas esferas de Langley de ser un traidor que vende secretos a la KGB. Sin embargo, Laurier ve en Cross una especie de figura paterna en el negocio del espionaje y los comandos asesinos.

La CIA trata de dar caza a Cross, quien huye hasta Viena con la aparente intención de desertar hacia la URSS. Para su captura, la Compañía pretende hacer valer el contrato que Laurier firmó. Sin embargo, el joven asesino duda de la culpabilidad de Cross. Todo le parece una trama turbia y sin fundamento. Necesita pruebas.

Aunque es considerada una de las grandes y más olvidadas películas del género, Scorpio adolece de un hilo conductor firme. Su argumento no resuelve ninguna trama ni subtrama más allá de la pura venganza. Las lealtades permanecen ambiguas. Al final de la cinta, seguimos dudando si Cross era realmente un agente doble, y tampoco sabemos qué contenía el sobre que servía a Laurier como seguro de vida. Pero como bien dice Cross, en este juego lo importante no es ganar o perder, sino mantenerse en él. Es difícil determinar si la responsabilidad recae en el director Michael Winner —artífice de algunos títulos del Charles Bronson más "justiciero" (a pesar de ello, Scorpio sería su película mejor valorada)— o en los guionistas David W. Rintels y Gerald Wilson.

Lo que queda meridianamente claro es el axioma "quien a hierro mata, a hierro muere" y es un placer presenciar el duelo entre un Lancaster, más que maduro y experimentado, y un Alain Delon en plena forma, siendo testigos de dos formas bien distintas de proceder sobre la trama y de actuar.

El sabor áspero del género queda plasmado en la notable filmación por las calles de Washington, París y Viena. Como curiosidad, durante el rodaje en la capital norteamericana, todo el personal se hospedó en el Hotel Watergate justo cuando se estaban instalando los famosos micrófonos que le costarían la presidencia a Richard Nixon.


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