Guardia de cómic: reseña de «Buda», de Osamu Tezuka
Una magna obra que no es una biografía al uso de Buda, pero cuya lectura es recomendada
Osamu Tezuka es considerado el padre del manga moderno por introducir el dinamismo cinematográfico en la viñeta, rompiendo con la estaticidad que había cronificado el desarrollo temprano de la historieta japonesa. Buena parte de lo que hoy encontramos en los tomos de los mangaka contemporáneos se lo debemos a él. Pero no es esta la cuestión que nos ocupa, sino una de sus obras largas que, sin ser la más reconocida por crítica y público, merece una mirada detenida: Buda.
Cuando la revista COM entró en bancarrota, Tezuka desarrollaba Fénix. Podía continuarla en la revista Kibo no Yu, pero albergaba serias dudas de que una obra de tal envergadura tuviera cabida adecuada en sus páginas. Propuso entonces una historia centrada en una adaptación libre de la vida de Siddhartha Gautama, príncipe de los Sakya, más conocido como Buda. La dirección de Kibo no Yu no puso objeción alguna, y así comenzó a dibujarse y publicarse esta obra de alrededor de 3.500 páginas, donde Tezuka sensei dejó su impronta desde el primer trazo. Es, con todo, una obra menos popular que Fénix, Astroboy o Adolf, y esa relegación me parece inmerecida.
Quien se acerque por primera vez a la obra de Tezuka, y repare de pasada en los diseños caricaturescos y humorísticos tan característicos del autor, puede caer en la trampa de pensar que se trata de una suerte de "vida ilustrada de Buda para niños". Nada más lejos. Ya en las primeras páginas queda claro que estamos ante una lectura adulta donde el sufrimiento ocupa el centro: maltrato psicológico y físico, mutilaciones, plagas, hambrunas, guerras, asesinatos a sangre fría, genocidios. Hay mucha violencia y mucha muerte, y todo esto lo padecen por igual personajes principales y secundarios. Algunas escenas, dibujadas con un estilo más realista, resultarían casi imposibles de contemplar sin náuseas. Pero el trazo cartoon que Tezuka nunca abandonó, junto a los constantes chistes basados en anacronismos —donde caben referencias sociales, deportivas, tecnológicas y políticas del momento de escritura—, no suaviza ese sufrimiento tanto como lo hace transitable: es la distancia mínima que necesita el lector para no huir de la página.
Y, dicho esto, la obra dista mucho de ser una vida ilustrada de Buda, pues Tezuka se tomó grandes libertades al adaptar los textos históricos y religiosos que la sustentan. Tanto es así que, salvo reyes y príncipes, la mayoría de los personajes son inventados, con el propósito expreso de dotar de armazón a la historia. De algunos conocemos toda su vida, desde la infancia hasta la muerte, con capítulos y partes enteras dedicados solo a ellos. Podría acusarse a Tezuka de rellenar la obra, y no sin razón: Buda no aparece hasta pasadas las primeras cuatrocientas páginas. Hasta entonces no es más que un rumor que anuncia el inminente nacimiento de un ser excepcional.
Pero no es relleno, porque estos personajes inventados —el paria Tatta, prácticamente el primero que conocemos y que nos acompañará hasta el último tomo; la ladrona Miguera; el monje asceta Deppa, entre otros— nos permiten construir una representación amplia del periodo histórico y del sistema social, donde las castas y la suerte que traen consigo condicionan cada existencia. Todos ellos dotan a la obra de una inmensa riqueza humana.
Ahora bien: esta profusión de personajes y el detalle con que se narran sus vidas no siempre desembocan en una resolución. Salvo los que mueren antes que Buda, del resto no conoceremos su suerte; cuando a Buda le llega la hora, muere, y ahí termina el manga, sin más. Podría leerse esto como un defecto de construcción, un relato que abre más puertas de las que cierra. Prefiero leerlo como una decisión coherente con el propio mensaje de la obra: la vida de los demás continúa fuera de campo, indiferente a que hayamos dejado de mirarla, tal como el sufrimiento del mundo no se detiene ni se resuelve con la iluminación de un solo hombre.
Tezuka declaró no ser budista, y sin embargo supo extraer las enseñanzas de Buda y trasladarlas a una obra tan entretenida como profunda, que Planeta-DeAgostini editó en España en diez volúmenes que no he sabido dejar de devorar, tomo a tomo. En ningún momento se descuidan los preceptos ni las enseñanzas de Buda, a quien seguimos desde la niñez hasta la vejez a través de los episodios que lo conducen a la iluminación: la máxima de que todo sufrimiento tiene una causa que hay que encontrar para sanar, la certeza de que existimos por una razón y de que debemos ayudarnos los unos a los otros, porque todos somos iguales.
Buda no es una vida edificante de Buda. Es la crónica de cuánto dolor hace falta atravesar para que una sola persona entienda algo, mientras a su alrededor miles siguen sin entenderlo. Ese desequilibrio, y no la santidad de su protagonista, es lo que hace de esta obra un clásico incómodo y necesario.

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