Guardia de literatura: reseña a «Forrest Gump», de Winston Groom
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| Título original: Forrest Gump Traducción: Camila Batlles RBA Proyectos Editoriales, Barcelona 1994 Edición especial: La Voz de Galicia ISBN: 84-473-0701-8 254 páginas |
Es mentar Forrest Gump y rememorar a Tom Hanks sentado en aquel banco, contando su vida a todo aquel que esté a tiro, mientras espera el autobús que lo acerque a la casa de Jenny Curran. Es recordar una de las más grandes películas que nos dejó la década de 1990, dirigida por Robert Zemeckis, en la que se nos ofrece una historia amable y romántica de la historia de EE. UU. desde los años 50 hasta los 80, contada a través de los ojos inocentes de Forrest, los más salvajes de Jenny y los más desengañados del teniente Dan. Una película que tiene poco —o nada— que ver con la novela original de Winston Groom, una comedia cínica en toda regla.
Quizá me equivoque, pero por buscarle un símil,
he encontrado en esta obra de ficción una estructura y un humor cercanos a los
que se encuentran en varios títulos del Siglo de Oro español. Diría que es La vida del Buscón protagonizada por un
gigante inocentón, o una especie de Lazarillo
de Tormes, aunque sin ciegos maliciosos.
Y es que Forrest va saltando de desventura en desventura, pues todo le sale mal. Bueno, lo de las gambas le sale bien… pero lo demás. Obviamente, mucho de lo que le ocurre al Forrest literario no habría encajado en el proyecto de Zemeckis, y es muy distinto del cinematográfico. Para empezar, es imposible ver en ese papel a Tom Hanks, porque quien deambula por los capítulos —como alguien muy acertadamente dijo una vez— es más bien John Cena, al menos físicamente, y no solo porque ambos compartieran temporalmente oficio. Forrest es un bruto que no controla su fuerza física, capaz de subir una colina cargando una ametralladora, su trípode, la munición y un bidón de cuarenta litros de agua sin inmutarse. Es considerado un adonis, idiota, sí, pero un idiota como se entendía entonces y no ahora; bien podría estar en un estado leve del espectro autista o, más bien, sufrir problemas de expresión y de articulación del lenguaje. Pronto sabremos que es un genio matemático y del ajedrez, y que puede aprender a tocar un instrumento de oído en cuestión de horas, aunque para todo lo demás es un desastre. En su etapa universitaria lo llamarían un “idiota ilustrado”.
En cuanto a su infancia, el Forrest literario
nunca tuvo problemas físicos ni usó aparatos ortopédicos. Tampoco conoció a
Elvis Presley, ni tuvo aquel diálogo con la conductora del autobús escolar. Su
madre no “consiguió” que fuera a una escuela con los niños “normales”, ni
parece que Jenny haya sufrido abusos.
Forrest asistió a una escuela de educación
especial, pero fue descubierto por un entrenador de fútbol americano que lo
ayudó a entrar en el instituto, desde donde daría el salto a la universidad.
Allí conocería a Bubba, compañero de equipo y, por lo que recuerdo, blanco.
Sería expulsado tras su primer año por suspender inglés y educación física, lo
que lo arrastraría al ejército y a Vietnam.
En Vietnam, a diferencia de la película,
Forrest y Bubba no quedan bajo las órdenes del teniente Dan Taylor; este es un
personaje que Forrest conoce más adelante, en un hospital militar, y que estaba
aún más maltrecho de lo que mostraron en el filme con Gary Sinise. Cabe
destacar que la muerte de Bubba resulta más dolorosa en la novela que en la
película.
De vuelta en EE. UU., Forrest es condecorado y
enseña el trasero al presidente Johnson, pero no da ningún discurso frente al
Monumento a Lincoln. De hecho, se reencuentra con Jenny antes de ese momento, y
es ella quien lo anima a unirse a una protesta antibelicista. En lugar de
pronunciar un discurso, Forrest lanza su medalla al Capitolio (¿o era otro
edificio? Ya no lo recuerdo con certeza), en un arranque de rabia, y le da en
la frente al secretario del Senado. Acaba en la cárcel, aunque la condena se
conmuta por su participación en una misión espacial de la NASA, junto con la
primera mujer astronauta estadounidense en vuelo y un chimpancé.
A partir de ahí, aunque todo lo que le pasa es
tronchante, reconozco que a Groom se le va bastante la pinza. Forrest y su
tripulación acaban en Nueva Guinea, tras estrellarse, y pasan cuatro años
perdidos en la selva, a merced de una tribu caníbal. De vuelta a EE. UU., se
convierte en luchador de lucha libre, es contratado para interpretar a un
monstruo en una película de Raquel Welch, o se tira un pedo en la final de un
torneo internacional de ajedrez. Incluso Groom lo postula para senador por Alabama.
Todo esto no encajaría jamás en la película de
Zemeckis. De ahí que se inventen el negocio de gambas con Dan (que en la novela
no es así) o que Forrest se ponga a correr de costa a costa (cosa que tampoco
ocurre).
Forrest no deja de lamentar su mala suerte,
aunque reconoce que tuvo una vida interesante en la que simplemente hizo lo que
tenía que hacer.
Tranquilos, no os he destripado nada. Tenéis
que leer la novela y reíros a gusto.
Como bien dice Jenny al final del libro
(quien, por cierto, no se casa con Forrest ni muere de SIDA): todos somos
idiotas. En esta obra, aunque Forrest lo repita una y otra vez, y se lo digan
constantemente —desde su madre (muy distinta de la que interpretó Sally Field)
hasta los medios de comunicación—, en realidad él no es el idiota. Todos lo
somos. Nos creemos más de lo que somos. Creemos tener derecho a quejarnos del
destino, a rendirnos ante los contratiempos. Pero Forrest, conocedor de sus
límites, sigue adelante porque hace lo que hay que hacer. Incluso cuando hace
el idiota, como en su etapa como luchador de wrestling, en la que pierde de
vista a Jenny durante años, acaba haciendo lo que debe.
Aunque no tenga muchas de las escenas cómicas
de la película, la novela tiene las suyas. Es una narración en primera persona,
una especie de autobiografía donde hay poco diálogo y mucho absurdo humano,
especialmente en lo referente a la sociedad norteamericana de la época. Groom
reparte estopa a todos por igual.
Forrest parece que hace el tonto, pero son
otros quienes lo arrastran a situaciones ridículas.
La narración es muy ágil: no hay descanso,
porque en cada página pasa algo. Los capítulos son cortos y cuentan con pausas
que invitan a seguir leyendo. La única pena es que se me hizo muy corta. Eso
sí, Groom derrocha imaginación y sentido del humor: no he leído nada parecido
(salvo si me remonto a la novela picaresca del Siglo de Oro).
Sin duda, una lectura que os recomiendo sin miedo a equivocarme.

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