Guardia de literatura: reseña de «Babel Dos», de Juan José Plans (1978)
Albia Ficción
ISBN: 84-7436-309-8
118 páginas
Juan José Plans construyó en Babel Dos una fábula de destrucción y esperanza condenada
Durante una madrugada insomne, en mi adolescencia, busqué refugio en la radio. Moví el dial en medio de la oscuridad hasta recalar, sin saberlo entonces, en uno de los programas nocturnos más míticos de RNE. En aquella hora bruja e indeterminada me crucé por primera vez con Juan José Plans y su troupe de Historias, un espacio radiofónico donde se adaptaban grandes obras clásicas de la ciencia ficción y el terror, sin desdeñar otros géneros como la fantasía. Con el altavoz pegado al oído, fui redescubriendo los pasajes de Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, de una forma muy distinta a la que estaba acostumbrado.
Por entonces, estaba lejos de imaginar que Juan José Plans era uno de los más reconocidos escritores españoles de terror y misterio, autor de novelas como El juego de los niños —y de su célebre adaptación cinematográfica, ¿Quién puede matar a un niño?, la espeluznante película de Chicho Ibáñez Serrador—. Plans fue un exponente del terror cotidiano, adelantándose al mismísimo Stephen King, y un autor prolífico a la hora de entretenernos a base de miedo y funestas premoniciones.
Babel Dos se encuadra dentro del género de la ciencia ficción distópica. Es una obra muy breve que, no obstante, le llevó a Plans cuatro años de trabajo intermitente. En ella palpita su temor hacia el destino predeterminado de autodestrucción nuclear de la humanidad: una muerte asegurada por las potencias de la Guerra Fría que precedería a la dominación de la inteligencia artificial. Hay aquí una lectura tecnófoba, con máquinas pensantes que se manifiestan excesivamente humanas.
El protagonista de Babel Dos es Barsén. Antes de la guerra, Barsén era jardinero. Cuidando su jardín se encontraba cuando todo su mundo quedó arrasado por el fuego y la radiación. Sobrevive. Deforme y quemado, recibe unos primeros cuidados y luego es trasladado a una enorme y aséptica ciudad construida en la Luna y administrada por robots: Babel. Allí van a parar todos los supervivientes de las bombas: monstruos radiactivos que se aferran a lo poco que les queda de humanidad. Un campo de concentración, una cárcel o un paraíso, según se mire.
Barsén conoce a Prisca durante el vuelo a Babel e inicia con ella una relación sentimental que se convierte en lo único capaz de hacer soportables los días en la Luna. Sin embargo, Barsén anhela un jardín. No deja de atosigar a la administración, y un día le conceden el deseo, aunque no de la forma que esperaba. Entonces se enfrenta al sistema.
A medida que se desarrollan los acontecimientos, Babel Dos nos engaña con la apariencia de una historia más del inconformista perseguido y cazado bajo los focos y las cámaras de televisión —un motivo muy propio de la distopía setentera—. Pero el enfoque de Plans pivota hacia un mensaje antibelicista y antinuclear. La humanidad se ha quedado sin hogar tras una guerra que nadie comprende, en la que las máquinas deciden cuándo y dónde caerá la siguiente bomba atómica. Plans incluso se permite la ironía de hacer renacer la esperanza en una humanidad futura, aquella que surja como inteligencia suprema del planeta cuando, tras varios millones de años, la atmósfera vuelva a ser respirable, la tierra fértil y los mares un caldo de vida. Sin embargo, es una esperanza condenada.
Esta novela corta presenta una redacción peculiar: la forma en que encabeza los capítulos y se insertan los pensamientos de los personajes confiere al texto un tono fragmentario. Babel Dos es una lectura rápida, entretenida y, a la vez, profunda. Muy propia de Plans, donde poder significa odio, y el odio, humanidad condenada a la extinción.

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