Guardia de literatura: reseña de «Lo que vio la criada. Ocho cuentos psíquicos», de Yasutaka Tsutsui
Traducción: Jesús Carlos Álvarez Crespo
Ediciones Atalanta SL, Gerona
Colección Ars brevis
2018
ISBN: 978-84-947297-3-7
187 páginas
Yasutaka Tsutsui, el maestro de la sátira amarga y la ciencia ficción social, dinamita la imagen de familia perfecta del periodo del auge económico japonés
En el panteón de los escritores más indomables, bizarros, políticamente incorrectos, críticos e irreverentes, brilla con luz propia el japonés Yasutaka Tsutsui, un autor que lleva más de medio siglo firmando relatos y mangas que impactan como balas en los lectores gracias a tramas y personajes incómodos. Un gusto por la provocación que, en más de una ocasión, lo ha colocado en un brete frente a un público y una sociedad con los que nunca ha terminado de encajar.
Entre 1970 y 1971, Tsutsui fue publicando periódicamente en la revista Shōsetsu Shinchō los ocho cuentos protagonizados por una joven de dieciocho años llamada Nanase, dotada de telepatía. El terror que produce en Nanase la mera posibilidad de que su poder se haga público —y de acabar convertida en un monstruo de feria o en un conejillo de indias en un laboratorio— la empuja a llevar una vida errante aceptando trabajos como asistenta del hogar. Gracias a esta percepción psíquica, Tsutsui compone un cuadro crítico e hiriente de la clase media-alta nipona del momento, aunque cabe reconocer que su mala opinión de esta clase social lo lleva a crear ambientes asfixiantes y personajes deliberadamente excesivos en su vertiente más negativa.
Los patronos para los que Nanase trabaja durante periodos que van del mes a tan solo un día —hombres y mujeres por igual— están cortados a bisturí y delineados por el egoísmo, el narcisismo, la malicia, la violencia, la pusilanimidad, la ociosidad, la pedantería, el odio y la estupidez. Tsutsui describe con minuciosidad dialéctica la falsedad de las familias modelo de esa clase media-alta a la que desprecia profundamente.
En “Zona de las calmas” asistimos a la rutina de cuatro miembros de una unidad familiar —los padres y dos hijos— que representan a diario un teatro de cordialidad que se desmorona ante Nanase sin que ellos sean conscientes, pues ignoran que ella puede leer sus pensamientos. Sus buenas y artificiales relaciones no son más que el cartón piedra tras el que se ocultan un odio y una hipocresía exacerbados.
“Cautivos de la suciedad” presenta a otra familia, esta vez compuesta por trece hijos, en cuyo hogar la inmundicia reina fétidamente debido a la dejadez de la madre, la permisividad del padre y la indiferencia de los descendientes.
En “Himno a la juventud” se retrata a un matrimonio sin hijos entrada ya la cuarentena. Tsutsui critica el conformismo del marido, así como la incapacidad de la esposa para asumir la pérdida de la juventud.
En “El melocotón”, nos unimos a una familia en la que el padre, recién jubilado de manera anticipada, se ha convertido en una carga que solo se dedica a holgazanear. Por ello se convierte en la diana sobre la que se clava el odio —cada vez menos disimulado— de su esposa, sus hijos y su nuera, quienes lo consideran un fracasado y un inútil. Incluso su nieto, que apenas despunta del suelo, se atreve a faltarle al respeto. Pero el padre parece más o menos inmune, refugiado en fantasías que incluyen, alarmantemente, la idea de violar a su nuera.
“Una Bodhisattva entre las llamas del infierno” plantea otro matrimonio infeliz y sin hijos, en el que el marido, un prepotente profesor universitario muy interesado en las faldas de sus alumnas, tuvo relación con el padre de Nanase durante un experimento parapsicológico. La esposa, harta del desprecio de su ilustrado marido, vive únicamente para representar el papel de mujer modélica.
“Fruta del cercado ajeno” conduce a Nanase hasta la casa de un médico obeso y amable, y de su altiva y engreída esposa. Allí, Nanase será testigo de la atracción platónica que ambos sienten hacia sus vecinos. Tsutsui quiebra aquí un poco la cáscara de ingenuidad —incluso de bondad— que rodeaba a Nanase: interesada en profundizar en sus poderes psíquicos y en la psicología humana, observa con buenos ojos preparar el terreno para un auténtico desastre, tomando a sus patronos y a los vecinos como objetos de estudio experimental. Es como si el autor buscara dotar a su protagonista de una frialdad casi psicopática.
“El pintor de los domingos” guarda cierta relación con Zona de las calmas y El melocotón. Nanase entra a trabajar en una familia de rancio abolengo. El marido, contable y pintor, es hijo de un artista muy reconocido. Sus obras, de estilo abstracto y nada comercial, indignan a su esposa e hijo, aliados en la crítica y el insulto contra quien les pone la comida sobre la mesa. El padre, sumido en su propio mundo —Nanase comprueba que vive al margen de la realidad, en plena abstracción y cubismo—, se revela como un ser egocéntrico e impasible ante los problemas ajenos.
Las vivencias de Nanase culminan con “Querida mamá, que en paz descanses”, un relato que deja un regusto amargo. Nanase es contratada para asistir en el cuidado de una anciana moribunda, encarnación de la maldad y la manipulación. Sin embargo, la narración transcurre durante el funeral y la posterior cremación, presentando a su hijo, un hombre de 27 años —un auténtico pelele en manos de su madre—, y a su nuera, una mujer que solo recibió desprecio y odio injustificados.
Nanase presencia y capta los pensamientos de los familiares: se burlan del hijo, se compadecen de la esposa y se despiden de la difunta con todo su rencor a flor de piel. No obstante, el relato da un giro inesperado durante la cremación, cuando Nanase debe decidir entre salvar una vida o mantener oculto su poder telepático.
La lectura de cada relato resulta sorprendentemente fluida. La prosa de Tsutsui evita las estructuras complejas y permite que los pensamientos de los personajes goteen hasta la mente de Nanase y, de esta, al papel. Sin embargo, el autor solo parece interesado en mostrar lo peor de la sociedad y del ser humano. Incluso los personajes menos odiosos acaban revelando bajos instintos, crueldad, falta de empatía y, en ocasiones, pura estupidez. Todo el mundo termina manchado por la “mierda social”, incluida la propia Nanase.
Leer Lo que vio la criada ha sido una experiencia distinta y muy estimulante.

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